¿Otra vuelta de Tuerka?- Juanma Agulles.

A continuación publicamos un texto aparecido recientemente en la revista Hincapié:www.revistahincapie.com, de Juanma Agulles, sobre la nueva situación de efeverscencia institucionalista que se ha apoderado de muchos movimientos sociales, fenómeno PODEMOS mediante.

1. La defensa de lo obvio

 Creo que fue Raymon Aron quien dijo que en política muchas veces sólo cabe elegir entre lo preferible y lo detestable. Y probablemente tuviese razón. Al menos si entendemos la política como lo hace la mayoría de la gente. Me refiero a esa mayoría que aún cree que las elecciones sirven para algo.

Los resultados de Podemos en las elecciones al Parlamento Europeo han hecho que esa creencia se refuerce e incluso tengo la impresión de que llevó a las urnas a algunos que hasta entonces no se lo habían planteado. Creo también que, de aquí a las próximas elecciones autonómicas y municipales, serán más los que se conviertan a la nueva fe. Es evidente que hay algo que está cambiando, y que la irrupción de Podemos expresa un desplazamiento ideológico en la sociedad y tendencias de voto que pocos esperaban. Que este desplazamiento en el espectro político anticipe un cambio de régimen, que la regeneración del sistema esté a la vuelta de la esquina, o que vayamos a regresar a una pretendida Edad de Oro keynesiana, es harina de otro costal.

Pero antes de realizar la crítica de lo que Podemos cree que puede hacer por cambiar este mal llamado país, es necesario defender a la formación política de las falsas críticas. No me voy a ocupar de las histéricas reacciones de los hooligans de la ultraderecha, porque no dan para mucho. Es sobre todo cierta crítica hecha «desde dentro» la que me interesa, porque señala mejor el camino para un análisis de lo que Podemos podría representar en el panorama político durante los próximos años.

Pasemos entonces a los reproches lanzados (en ocasiones sólo sugeridos) desde ese «fuego amigo», que dicen más por lo que dan por supuesto que por la pretendida crítica que realizan al ascenso de la nueva formación política. He seguido los argumentos del artículo «Cinco claves del éxito de la campaña electoral de Podemos», firmado por Eduardo Muriel. Sin ser una crítica pormenorizada, este artículo sí apunta algunos de los posibles reproches que un electorado «de izquierdas» podría hacer a las formas en que Podemos ha desarrollado el contenido político de su campaña.

El primer punto que se aborda como clave del éxito electoral es «la elaboración de un discurso sencillo y que apele a la emoción». Según se nos dice, Pablo Iglesias y el resto de impulsores de Podemos habrían afrontado la tarea de convertir al sentido común los diagnósticos de una izquierda «demasiado centrada en la intelectualidad y encerrada en sí misma» (son palabras de Iglesias), para elaborar un «discurso» que movilizase la emoción y no tanto la razón. Todo ello con el fin declarado de hacer llegar su mensaje a «la gente», más allá de unos cuantos militantes ya convencidos.

Lo primero que sorprende es que alguien haya podido encontrar una izquierda centrada en la intelectualidad, o simplemente una izquierda que mereciese tal nombre, para tener que hacer luego de traductor a las masas. Por otro lado, sería difícil encontrar alguna diferencia entre el uso que Podemos hace de los mensajes sencillos y que apelan a la emoción, y el que hacen el resto de partidos políticos durante una campaña electoral. Hablar genéricamente a «la gente común» es el objetivo de cualquier partido que aspira al poder. Y eso se llama hacer propaganda. Si Podemos significa algo novedoso en este sentido es en que supone un arrollador triunfo de la propaganda maximalista, hecha por una formación política que apenas tenía cuatro meses de vida. Pero eso dice más de la situación del electorado, de la cultura política que sufrimos y de la descomposición social en curso, que de las tácticas de Podemos.

La lógica del poder político hegemónica en nuestros días exige cambiar pensamiento por masa (la masa no piensa), y la propaganda tiene exactamente ese cometido. Pero todos los partidos han usado su maquinaria propagandística, y han utilizado por tanto mensajes sencillos y que apelan a la emoción, con resultados dispares. El caso es que algo tendría de particular el contenido de la propaganda de Podemos para lograr movilizar al voto. Y eso es lo que se escamotea con las críticas más superficiales. Es decir, que Podemos ha conseguido exactamente lo contrario de lo que se supone está en la base de su acción política, porque el acto de votar no supone asumir un compromiso férreo y duradero con las prácticas democráticas y la toma de responsabilidad en los asuntos públicos, sino todo lo contrario: expresa, literalmente, la voluntad de delegar esa tarea en otros. Por tanto lo particular de Podemos no es el uso de la propaganda, que toda política electoral requiere, sino de utilizar una propaganda anti-propagandística, que ha conseguido desplazar la argumentación política hacia un supuesto «sentido común», que la formación capitalizaría precisamente por ser nueva y no estar embarrada en la política institucional; lo que a partir de ahora ya no podrá decir.

Un segundo punto que se aborda como clave del éxito de Podemos, y que podría levantar las sospechas entre un electorado «de izquierdas», es el uso del lenguaje audiovisual. Es conocido el papel que el programa de televisión La Tuerka ha tenido como lugar donde Pablo Iglesias, Iñigo Errejón y Juan Carlos Monedero, entre otros, se han fogueado en el ingrato oficio de tertuliano. El salto de Iglesias a las televisiones mayoritarias y a las tertulias políticas del prime time era la consecuencia lógica de una paciente labor para abrirse un espacio en la programación. Pero eso no diferencia, o no de manera definitiva, a Podemos del resto de partidos. Cualquier formación política de nuestros días está obligada a utilizar esos medios si quiere existir. Parafraseando a Neil Postman: no es la televisión dentro de la política, sino la política dentro de la televisión. Ahora bien, eso no quiere decir que todo el que tenga acceso al medio audiovisual tiene capacidad para convertir sus opiniones en más de un millón de votos. ¿Alguien cree seriamente que Paco Marhuenda o Alfonso Rojo hubiesen sacado tanto rédito electoral de su omnipresencia televisiva con una candidatura propia?

Si hay algo que puede diferenciar a Podemos es que sus promotores son también productores de contenidos televisivos y que se encuentran a sus anchas en ese medio, algo que muchos profesionales de la política sólo consiguen con mucho esfuerzo. Los gestos calculadamente lentos y suaves, el hieratismo, la voz pausada y más grave cuanto más se quiere subrayar una idea, el aspecto formal-informal, etcétera, no son sólo una imagen de la política, sino la política convertida en imagen. Ciertos gestos, algunas técnicas de comunicación, se pueden aprender y entrenar, pero hay cosas que vienen dadas con una forma de entender las relaciones con los demás. Y eso es lo que Podemos, a través de la presencia televisiva de Pablo Iglesias, ha conseguido: trasladar esa forma de relacionarse al imaginario de mucha gente que quería un cambio sin tener que cambiar nada fundamental. Representa un poco el papel del «hermano menor razonable». No se trata, por tanto, del «hombre fuerte» o el clásico «salvapatrias», no es tampoco el «experto» o el «tecnócrata», sino el muchacho un punto rebelde, más listo que la media, un poco El indomable Will Hunting, que viene a pasarles el trapo a sus mayores (con su boletín de calificaciones universitarias en la mano) y a decirles que la hora del relevo ha llegado. El personaje funciona, y ha ejercido su papel en el medio televisivo con gran éxito de público. Pero no se debe, o no sólo, al uso de determinadas técnicas de comunicación audiovisual, sino que el personaje ha calado, ha tocado una fibra oculta, que quizá ni sus mismos promotores esperaban alcanzar.

Y con esto llegamos al siguiente punto espinoso: la formación de un liderazgo. Quizá sea esto lo que más puede escamar a las bases de Podemos y a cierta militancia de la izquierda. Endosarle de entrada los calificativos de populistas o personalistas, en las condiciones políticas actuales, parece un ejercicio de mala fe. En cualquier caso todos los partidos políticos son populistas y demagogos, y se sostienen sobre un fuerte personalismo encarnado en su «jefe de filas». Si a alguien le resultó molesto que la cara de Pablo Iglesias figurase en las papeletas de voto, no sé si se dio cuenta de que las caras de los cabezas de lista de los partidos más mayoritarios aparecían en enormes vallas publicitarias, y que asociar un nombre propio, una cara, a unas siglas o a una idea de triunfo electoral es lo que llevan haciendo los partidos políticos prácticamente desde su aparición en la historia. No creo, por tanto, que el concepto de liderazgo que maneja Podemos sea muy distinto al del resto de formaciones políticas que participan en unas elecciones. En realidad es un liderazgo bastante clásico con los mismos problemas típicos dentro de los movimientos históricos de la izquierda, siempre preocupada porque no se le note que quiere el poder, necesitando continuamente recalcar que es algo coyuntural, que ya vendrá el momento de la participación efectiva, que lo importante ahora es la construcción de una alternativa «real», etcétera, etcétera.

Más que una clave del éxito de Podemos, el liderazgo de Iglesias se convertirá en un escollo más pronto que tarde, porque delata claramente que estamos ante un intento de relevo generacional y no de una revolución política ni de una transformación radical de la sociedad. Hay una parte de la sociedad que reclama ese relevo y quiere que se realice sin muchos sobresaltos ―y Podemos se nutre de ese deseo―, pero también hay una parte importante de las bases de Podemos que, aunque haya aceptado un liderazgo semejante de entrada, no podrá conformarse sólo con eso.

Hablando de las bases, llegamos al último punto que supuestamente ha marcado la diferencia entre Podemos y el resto de partidos políticos: «el uso de las formas del 15-M». En varias ocasiones desde Podemos se ha aludido al llamado 15-M como origen o momento fundacional, y algunos reclaman que el partido no se aparte demasiado de la horizontalidad de aquel movimiento, espejo donde se debiera mirar siempre. Podemos sería entonces una especie de valedor institucional de las reivindicaciones, aún presentes, de los indignados. Y en cierto modo es así, solo que totalmente al contrario. Es decir, que Podemos surge de la derrota del 15-M, de su reflujo y su desarticulación en distintas reivindicaciones parciales, mareas de todo tipo y conflictos sectoriales que no consiguieron mayor adhesión en los años posteriores a 2011. Surge precisamente de la constatación de un límite: la imposibilidad de realizar una revolución política desde fuera de la política. Mantener el capitalismo sin sufrir sus consecuencias negativas no estaba al alcance de ninguna asamblea de barrio ni comisión política del 15-M, porque para mantener el capitalismo (es decir, el desarrollo económico) es imprescindible contar con el aparato del Estado. De ahí, Podemos. ¿Qué podemos? Exactamente esto: mantenernos en el selecto club de las economías desarrolladas y, al mismo tiempo, repartir mejor el pastel.

Podemos, por tanto, no utiliza «los modos del 15-M», al contrario, utiliza el fondo que movilizaba a la indignación, y lo que cambia, precisamente, es el modo de hacerlo; tanto que lo saca de las plazas y lo mete en el Parlamento Europeo. Lo que se mantiene del 15-M es la voluntad de construir una socialdemocracia 2.0, sobre la base de una indignación moral políticamente ambigua, alineada claramente con la idea de un fuerte desarrollo económico y hasta de una «reindustrialización». Todo ello articulado por dos conceptos clave: patria y redistribución de la riqueza.

Después de haber defendido a Podemos de las críticas parciales, estamos en condiciones de abordar en profundidad sus propuestas que, como dijimos al principio, van de lo preferible a lo detestable. Pero como tendré que abordar con alguna extensión cuestiones que van más allá de un partido político en concreto, dedicaremos una segunda parte de este artículo al análisis de fondo de esta supuesta regeneración.

2. Apuntalar las ruinas.

Al parecer nos encontraríamos inmersos en un proceso constituyente que vendría a desmantelar el tinglado conocido como «régimen del setenta y ocho». El pueblo, la gente corriente, los de abajo, a partir de la catarsis colectiva que supuso el llamado 15-M o los movimientos indignados, habría despertado al amanecer de una regeneración democrática. Una casta de políticos profesionales, banqueros y élites del capital internacional, que durante más de treinta años habían secuestrado la voluntad del pueblo, empezó a ser señalada por la masa indignada como culpables de la crisis, la corrupción y el desmantelamiento de los servicios públicos. Los estragos de la recesión económica, que se cebaron sobre los más débiles, fueron dando paso a nuevas formas de organización. El descrédito de los partidos políticos tradicionales, los sindicatos, el gobierno y la justicia, abrieron una crisis de legitimidad, que se expresó en las acampadas de las plazas de muchas ciudades, entre mayo y septiembre de 2011, al grito de «no nos representan». Un movimiento ilusionante, no definido como de izquierdas o de derechas, sino como el movimiento de «los de abajo» que, poco a poco, se convirtió en una multitud de mareas reivindicativas. En los últimos meses, con la articulación electoral de Podemos, y la aparición de nuevos líderes que se definen a sí mismos como «dispositivos de comunicación política», estaríamos asistiendo al inicio de la recuperación de la soberanía arrebatada al pueblo, y a los primeros pasos dirigidos hacia una sociedad más justa en el reparto de la riqueza; abierta, por fin, a la participación ciudadana. El fin de la vieja política, el inicio esperanzador de una nueva transición.

Y colorín, colorado, este cuento se ha acabado. Hasta aquí, el relato mítico del «proceso constituyente», con Podemos en el papel de la organización que mejor ha sabido conectar con la ola de indignación y sacar un rédito electoral impensable hace apenas seis meses. Los de abajo contra la casta, las familias contra los banqueros, el sentido común contra la vieja política, etcétera. Los elementos del relato son conocidos y se pueden extender a cuantos aspectos de la realidad se traten, con leves variaciones. Así, si se habla de economía basta enfrentar la economía productiva a la especulación financiera. Si de Europa se trata, opondremos el Sur de Europa a la señora Merkel, o el pueblo contra la Troika. Si nos las tenemos que ver con los partidos adversarios opondremos sus bases a la casta de sus dirigentes… y así hasta la náusea.

El relato mítico extrae su fuerza de la repetición constante de esas oposiciones: «nosotros contra ellos», con independencia del contenido, porque evidentemente siempre nosotros seremos nosotros, y ellos, ellos. Y así las verdaderas causas de la opresión quedan veladas. Pero el mensaje, sin duda, llega mucho mejor. Sin embargo, no han sido los impulsores de Podemos (el conocido como círculo promotor) quienes han inventado el cuento. Se trata de la política de partidos de siempre, remozada, y expresada en el momento y el lugar oportunos, para oídos que estaban muy dispuestos a escuchar. En el momento en que la degradación social iba camino de convertirse en irreversible, cuando las condiciones de vida sufrían un hundimiento generalizado y el descrédito de las instituciones se profundizaba, la voz de los oprimidos reclamó amos mejores, y aquellos que siempre están dispuestos a acudir a la llamada, por fin, aparecieron. Se trata, sobre todo, de apuntalar las ruinas e intentar, por todos los medios, ampliar los plazos de vencimiento de una forma de vida condenada desde hace tiempo. Ese es el papel de Podemos, encauzar la negación del régimen que sufrimos hacia una reforma que mantenga las bases materiales de la opresión pero que adopte formas más «participativas».

La base social se nutre de los reductos de las clases medias, profesionales liberales, funcionarios y estudiantes que han visto cómo la extensión de la crisis económica ha hecho peligrar ese mundo que habían creído conquistar con tanto empeño. El mundo de una precaria seguridad garantizada por un Estado de Beneficencia, que es a lo máximo a lo que llegó aquí la utopía del Estado de Bienestar. Durante casi veinte años, la derecha de este país se había ganado a una parte importante de aquellos que reclamaban «trabajo por encima de todo», y con los mismos argumentos pueden pasar hoy a engrosar las filas de los Círculos. Para ellos se construye el relato mítico que hemos visto antes, y ganarlos para la causa pasa por desplazar los términos del debate a las nuevas coordenadas.

En muchos aspectos el trabajo ya estaba hecho. Es una tontería pensar que los dirigentes de Podemos son una especie de maquiavelos posmodernos que tenían todo planeado, o unos genios de la comunicación política (resultan más bien cansinos y pedantes) que han dinamitado el escenario político como parte de una estrategia bien diseñada. Se trata de la expresión organizada de algo que latía ya en las primeras marchas de indignados y que algunos calificaron como una manera de «obedecer bajo la forma de la rebelión». Una representación de la derrota de los movimientos empancipatorios y de las luchas sociales que, después de la Transición, pasaron a tener un papel testimonial, mientras la reconversión de una economía industrial a una economía de servicios integrada en la Comunidad Europea culminaba un proceso que se había iniciado con el Pacto de Estabilización de 1959. La conflictividad social de los años sesenta y setenta, duramente reprimida y posteriormente integrada en el régimen surgido de los Pactos de la Moncloa, fue desapareciendo mientras la modernización del país se realizaba a marchas forzadas, con cargo a los Fondos de Cohesión Europea, a las subvenciones de la Política Agraria Común y a los dictados del Banco Central Europeo.

El sueño de una sociedad de la abundancia se convertía en un férreo consenso político y social en torno al crecimiento económico y el desarrollo de las infraestructuras necesarias para formar parte del Mercado Común. Los fastos del ’92 dieron carta de soberanía a nuestra particular Gran Transformación, que en la segunda mitad de los años noventa se aceleró hasta puntos insospechados, abriendo un ciclo expansivo en base a la economía del ladrillo y al pelotazo inmobiliario. El hundimiento de aquel modelo se dio cuando las transformaciones sociales que había provocado empezaron a dar síntomas evidentes de degradación. Una sociedad de servicios, precarizada y en lo fundamental dependiente, con una masa de trabajadores indefinidos tanto en lo que supuestamente era su trabajo como en lo que significaba para el conjunto de la sociedad. Cuando la máquina de crecimiento urbanístico se atragantó con toda la mierda que había generado, era demasiado tarde para apelar a la conciencia política, y sólo cabía indignarse porque alguien hubiese parado la música para dar por finalizada la fiesta.

El horizonte político de la reivindicación se reducía a una defensa de las clases medias amenazadas y a la conservación de los servicios públicos como reducto de empleo estable. Para la gran masa de los inempleables, el camino pasaba por la migración o la reivindicación activa de una vuelta al modelo previo a 2008. Y en 2011, con más de diez millones de votos, se le entregó esa responsabilidad al PP. Pero no ha servido de nada. Podemos nace en ese escenario y propone una «reindustrialización» y un rescate de la patria de manos de sus captores, a los que un inexplicables síndrome de Estocolmo les otorgó una mayoría absoluta en el Parlamento que hasta hoy mantienen. Las características de ese proceso de cambio del sistema productivo, y de la redistribución de la riqueza que Podemos propone, pasan por el refuerzo del Estado, la nacionalización de algunas industrias estratégicas, la auditoria de la deuda pública para, eventualmente, no pagar una parte que se considera ilegítima y sostener los servicios públicos, y poco más. Las llamadas al crecimiento sostenible, el respeto al medio ambiente, la supresión de la energía nuclear o la prohibición de la extracción de gas esquisto (el proceso conocido como fraking), son brindis al sol dentro de un programa que propone reindustrializar el país, aunque se cuide mucho de no explicar qué sectores industriales serían objeto del relanzamiento. El proceso constituyente, al fin y al cabo, se convierte en una refundación del capitalismo sobre unas bases sociales arruinadas, un entorno natural devastado y unos movimientos sociales que ya no aspiran a la libertad porque las condiciones para el ejercicio de la misma han desaparecido bajo las mismas formas que hoy se quieren recuperar con un fin humanitario: repartir equitativamente la riqueza. Pero esa «riqueza» nunca ha sido más que la pírrica recompensa que unos pocos obtienen por el sometimiento al régimen industrial de la existencia de la mayoría.

De ese modo, el ascenso del llamado sentido común, que los líderes de Podemos no se cansan de invocar, significa, en la práctica, el repliegue hacia la defensa de un modo de vida indefendible, una vuelta de tuerca más en el encierro del trabajo asalariado y el consumo de un montón de banalidades. Las nuevas castas alternativas ya recorren, con ritmo digno de admiración, el camino hacia su institucionalización. Y en el proceso de construcción de lo que ellos llaman un discurso «hegemónico» lo primero que desaparece es la crítica radical a la cultura material sobre la que se sostienen las actuales formas de opresión. Por ello hay que tener claro el fondo de su propuesta: patria, trabajo, orden y movilización general hacia un horizonte redentor. Quienes nos hemos enfrentado siempre a este programa del Partido del Estado, conocemos bien qué tipo de energías del descontento explotan estos movimientos y qué compromisos debe asumir desde el inicio. Darles la bienvenida como un mal menor y apostar por lo «preferible» es asumir que formaremos también parte de lo «detestable». Y quienes no estén dispuestos a ello deberán afrontar los nuevos malos tiempos por venir y seguir presentando batalla en las peores condiciones imaginables.

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