10 mentiras sobre la no escolarización. Sylvie Martin-Rodríguez

Después de visitar las jornadas antipedagógicas o contraeducacionales, celebradas en Madrid este fin de semana, nos hemos hecho, gracias a la editorial Precipité, con una copia de esta publicación realmente interesante. Partiendo de una postura netamente defensiva ante un medio social y educativo muy degradado, la práctica de la no escolarización intenta profundizar en las bases de una sociedad más libre, comenzando por la crianza y la trasmisión de unos valores auténticos de igualdad y libertad.

“Entre los diversos tópicos, creencias y prejuicios que rebate Sylvie Martin-Rodríguez respecto al tema de la no escolarización, quizás el mas arraigado sea el de la obligatoriedad escolar. Desde la visión sesgada del tabú social, no llevar a sus hijos a la escuela para por ser un acto irresponsable, una práctica criminal. Muchos son los paladines de tan robusto tabú: todo el abanico político, ya sean de derechas o de izquierdas, todos los agentes sociales, funcionarios, sindicatos, todas las clases sociales, hasta los más alternativos progresistas son fervientes defensores de la escuela obligatoria. Y todos ven con normalidad que, cogida del brazo de la ley, la cerrazón que domina a la sociedad al respecto se cebe en las familias desobedientes…”

10mentiras

No llevar a nuestros hijos a la escuela es uno de los mayores tabúes sociales. Para lograrlo, no se repara en medios: difusión masiva de tópicos y mentiras, uso generalizado de seudo-teorías pedagógicas y creencias infundadas e intimidaciones a las familias recalcitrantes. El cerco del conformismo social habla por boca del Estado, quién proclama faltando a la verdad: “La escuela es obligatoria. Los niños no pueden aprender nada en casa con sus padres, y además no pueden sociabilizarse. Un niño no escolarizado no tiene futuro profesional…” El mérito de este libro es rebatir toda esa parafernalia ideológica. Su autora, Sylvie Martin-Rodriguez, nos demuestra, desde su propia experiencia y con argumentos, que la educación en casa lejos de ser un acto irresponsable, es ante todo fruto de la libertad de conciencia por parte de padres y madres que quieren emprender con sus hijos una nueva relación de aprendizaje. Sus numerosas referencias al contexto internacional (y particularmente, francés) nos pueden ayudar a esbozar cual ha de ser el camino y el mejor futuro para un fenómeno que ya es una realidad en España.

Précipité Editorial, Cáceres 2009
176 págs. Rústica 21×15 cm

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MUMFORD (1895-1990). Miguel Amorós

MUMFORD (1895-1990)

Al recordar al nuevayorquino Lewis Mumford evocamos una figura bien ajena a nuestro tiempo, pues el saber universal es un anacronismo en la era del conocimiento especializado, donde reina una ignorancia funcional característica y la erudición es muy poco valorada. Christian Ferrer le considera “uno de los últimos humanistas del siglo XX.” Mumford fue testigo horrorizado de los desastres del reinado de la burguesía industrial, del resultado catastrófico de lo que llamaban progreso, y quiso ponerle remedio al modo idealista, es decir, alertando al mundo. ¿Cómo? Pues intentando crear una atmósfera cultural antiprogresista que convenciera a las elites conscientes del problema de que había maneras mucho más humanas de afrontar y reconducir la evolución de la sociedad hacia fines más plenos, sin pasar forzosamente por la mecanización. La humanidad debía de controlar su medio, no supeditarse a él. A tal fin desarrolló una ingente labor enciclopédica en campos tan variados como la sociología, la historia, la técnica, la utopía, el urbanismo, la arquitectura, la crítica literaria y el arte. El resultado se plasmó en una extensa obra de la que sólo una pequeña parte ha sido traducida en el Estado español. El trabajo de la editorial Pepitas de Calabaza es por eso más meritorio. La servidumbre tecnológica del desarrollo económico, la artificialización de la vida cotidiana y la aplicación de principios técnicos a la organización social son fenómenos que empezaron a ser familiares a comienzos del siglo XX, y que condujeron a plantear y cuestionar el papel deshumanizador de la tecnología en la sociedad burguesa, y en particular, la enorme concentración de poder que provoca capaz de embrutecer y esclavizar a las masas con sorprendente facilidad. El corolario de la crítica de la tecnología es la crítica del escenario donde ésta se desenvuelve: la ciudad. El pensamiento se modela en ella y las artes la modelan: la ciudad es una obra de arte colectiva y un hecho filosofal. Existe una relación dialéctica entre ella y quienes la habitan: las edificaciones y las calles no solamente han sido creadas por los ciudadanos; a su vez éstos han sido creados por aquéllas. Pero aquel proyecto colectivo de convivencia, aquella experiencia política integrada, se ha “desurbanizado”, ha perdido la “urbanidad” que le caracterizaba, degenerando en un mecanismo anómico y parasitario. Ambas críticas, la de la tecnología y la de la ciudad “desurbanizada”, ocupan un lugar central en la obra de Mumford y puede decirse que son sus principales aportaciones al pensamiento emancipador.

 

Mumford no parte de cero; sus influencias no se disimulan. En primer lugar cabe destacar la de Patrick Geddes, primer analista de la degeneración urbana, de quien tomará su léxico conceptual: “conurbación”, “paleotécnica”, “neotécnica”, “eutopía”, “megalópolis”… y de quien aprenderá a ver la ciudad como “órgano” de la libertad y la creatividad humanas, estudiando sus costumbres, su rol cultural y su historia, no solamente su estructura y planeamiento. Podemos continuar con el pensador de la ciudad-jardín, Ebenezer Howard, con los espíritus libres de su país Emerson y Thoreau, con William Morris y Kropotkin, con el arquitecto Lloyd Wright y el historiador Spengler, con el autor de “El hombre post histórico” Roderick Seindenberg y el pionero del ambientalismo George Perkins Marsh, etc. etc. Mumford escribió dos importantes libros sobre el tema de la ciudad: “La Cultura de las Ciudades” (1938) y “La Ciudad a través de la Historia” (1961), aparte de varios artículos, algunos de ellos posteriormente recopilados en libros. A lo largo de su obra amenamente nos explica que la ciudad tradicional, la polis, no tiene nada que ver con el aglomerado disfuncional en el que se ha convertido, bien al contrario, nacida de una asociación ancestral entre urbs y civitas, entre territorio y comunidad, había superado dialécticamente el estadio rural y aldeano. Se separa del campo conservándolo, o sea, manteniendo una relación estrecha con él. Era el lugar donde la fuerza organizada originaria de las aldeas se transformaba en cultura y la energía, en convivencia política; era pues el elemento articulador de las sociedades emancipadas, el instrumento idóneo de la participación humana consciente en la historia. Junto con el idioma y la elaboración de símbolos, Mumford consideró a la ciudad la obra más grande del hombre. En principio era un ser social vivo, un sistema orgánico capaz de acumular y transmitir el saber y la experiencia de una generación a otra, no una máquina de hacer dinero o de acumular poder. Su origen era cultural, no simplemente económico. Con razón se decía en el Medioevo que su aire volvía libre, pues solamente la libertad proporcionaba sentido a la vida ciudadana. Todas las actividades que acontecían en su seno formaban parte de un todo; no podían separarse unas de otras ni tampoco sobrepasar un marco fijado por reglamentaciones precisas. Pero su decadencia está inscrita en la formación de un poder exterior con capacidad de disciplinar la sociedad en su conjunto, separar sus partes y obligarlas a funcionar como un conjunto coordinado. Reconocemos en ese poder, a ese leviatán que Mumford coloca en la cúspide de lo que llama la “megamáquina”, o sea, al Estado.

 

A la sombra del Estado, una clase social, la burguesía, asciende socialmente, y con ella, una actividad se vuelve preponderante, la economía. El capitalismo, un sistema económico, se expande y apodera de la sociedad. La ciudad carece ya de objetivos “cívicos”, ya no garantiza la existencia de los restos de autonomía que han sobrevivido, aquello que Mumford definía como “autodirección, autoexpresión y autorrealización.” Desde mediados del siglo XIX el progreso se manifiesta en la abundancia de objetos técnicos o en la producción mecanizada, no en la variedad de habilidades e intereses reunidos -en la variedad de relaciones vecinales- ni tampoco en el autogobierno. Sin embargo, la ciudad no resulta físicamente alterada hasta la sustitución del complejo técnico “agua-madera” que rige la actividad productiva por el complejo “carbón-hierro”. La máquina entonces se vuelve imprescindible. La fábrica desplaza al taller y rompe con la agricultura. La ciudad se separa definitivamente del campo y lo parasita. Mientras el territorio fragmentado por las vías del ferrocarril se esquilma, empobrece y deteriora, la ciudad se desfigura en “metrópolis” industrial, que sigue creciendo hasta degradarse en una “megalópolis” burocratizada, centrada en los negocios. La megalópolis es la imagen del espacio concebido por el capitalismo; concentra muchos medios, pero carece de verdaderos fines. No la guían intereses colectivos generales, sino intereses de clase que se resumen en poder, beneficio y rendimiento. La diferencia de clases se vuelve abismal, el saber se separa de la vida y “la ciudad como medio de asociación y puerto de cultura se convierte en medio de disociación y una amenaza para la cultura real”(La Cultura de las Ciudades.) El ejercicio del poder deviene la tarea de un clan cerrado, una mafia de mercenarios políticos y expertos que funciona mecánicamente. Se generalizan los abusos, la arbitrariedad, la explotación y esterilización del territorio. Los gastos son excesivos a pesar de la tecnología y cada vez más difíciles de soportar. Al final no son más que puro despilfarro. La “tiranópolis”, siguiente etapa de la regresión, es inviable y conduce al colapso social, a la muerte de lo urbano, a la “necrópolis”, tal como la califica nuestro autor.

 

Mumford dedicó varios libros a la técnica, siendo los principales “Técnica y Civilización” (1934), “Las Transformaciones del Hombre” (1956) y “El Mito de la Máquina” (dividido en dos partes, “Técnica y Evolución Humana”, 1967, y “El Pentágono del Poder”, 1970.) En ellos se puede seguir la marcha de su pensamiento, muy ligada a la involución de la sociedad capitalista, pasando de un relativo optimismo tecnológico en los comienzos a una condena sin paliativos del sistema mecanizado de poder “que deliberadamente elimina toda personalidad humana, ignora el proceso histórico, abusa del papel de la inteligencia abstracta y hace del control sobre la naturaleza física, y por último, del control sobre el propio hombre, la finalidad principal de la existencia” (conferencia “Técnicas democráticas y técnicas autoritarias”, 1963.) Éste es uno de los muchos puntos de coincidencia del análisis de Mumford con el de los pensadores de la Escuela de Frankfurt. En principio Mumford consideraba que la época “paleotécnica” que correspondía al capitalismo “minero” depredador era una época de transición, y que la nueva época “neotécnica”, inaugurada por la energía hidroeléctrica y los nuevos materiales y auxiliada por la planificación regional, podía conducir a una sociedad liberada de condicionamientos económicos y burocráticos. Pero pronto se dio cuenta que la libertad aportada por los dos pilares del progreso, la ciencia experimental y la invención mecánica, no era más que una forma mucho más sofisticada de la antigua esclavitud. Era la clase de libertad que convenía al “hombre post  histórico”, el individuo determinado por la tecnología, de personalidad mutilada, desarraigado y uniformizado para ser regulado por el sistema, que en los sesenta era ya el espécimen dominante en las zonas de capitalismo “avanzado”, el átomo de la masa que manipulaban los nuevos constructores de pirámides.

 

Mumford sacaba a colación una tecnología antigua, “democrática”, propia del mundo agrícola, que había hecho al hombre en la medida en que una tecnología puede hacerlo, y que estabilizado las sociedades hasta épocas recientes. Nos viene a la memoria la “herramienta convivencial” de Ivan Ilich. Según la conferencia citada más arriba, dicha tecnología era “el método de producción a pequeña escala que se apoya principalmente en la habilidad humana y la energía animal, pero siempre, incluso cuando se emplean máquinas bajo la dirección activa del artesano o del agricultor, desarrollando cada grupo sus propios dones a través de artes apropiadas y ceremonias sociales, así como haciendo un uso discreto de los dones de la naturaleza.” Ésta había sido desplazada por una “técnica autoritaria” basada en la división extrema del trabajo y la especialización de funciones, organizada y enormemente poderosa, aunque también desequilibradora e inestable, hostil a la vida y responsable de la creación del poder omnímodo, de la jerarquía, de la esclavitud y del ejército, es decir, creadora de una especial barbarie que ya no es “cultura” sino “civilización.” Ésta “megatécnica” había pasado desapercibida a los historiadores porque la “megamáquina” inicial estaba compuesta de partes humanas. El inmenso ejército de obreros y artesanos que construyeron las pirámides de Egipto constituye un primer ejemplo de “máquina del trabajo”, que coexiste con el ejército, o sea, con la “máquina militar”, los dos polos de la civilización. Ambas son coordinadas por el clero y la burocracia, a saber, por la “máquina invisible.” Para demostrar que en realidad se trata de una máquina, Mumford recurre a la definición clásica: “una máquina es una combinación de partes resistentes cada una de las cuales se especializa en una función y todas juntas operan bajo el control humano a fin de utilizar energía y realizar trabajos.” Pues bien, la megamáquina cumple con esos requisitos. El hecho de que las piezas no fueran de madera o de metal simplemente revela que la mecanización del hombre se había anticipado a la de las herramientas.

 

Durante mucho tiempo la megamáquina limitó sus manifestaciones a la guerra. Las grandes potencias de la Antigüedad y la Alta Edad Media se habían disuelto en unidades menores, señoríos feudales o ciudades. Hasta la invención del Estado Nación -producto de la Revolución Francesa- y la introducción de la fábrica -fruto de la Revolución Industrial- no pudo imponerse un modelo compulsivo de orden. Las condiciones parecieron suavizarse, al menos en América, después de la Primera Guerra Mundial, conforme avanzaba la edad neotécnica, pero la libertad del individuo sometido a la organización vertical era prácticamente nula. La inconsciencia derivada de la mecanización de la conducta devolvía el ser humano a sus pulsiones inconscientes más oscuras y a sus instintos más ocultos. Paralelamente, la conciencia se sentía impotente, como presa entre los engranajes de una maquinaria concebida por una mente paranoica. José Ardillo ha comparado pertinentemente esa sensación con la atmósfera kafkiana de “El Castillo” y “La Muralla China.” En efecto, con el advenimiento de los regímenes totalitarios, nazi y soviético, parecían cumplirse las peores expectativas; todas las esperanzas humanistas se derrumbaban. No obstante, para Mumford la moderna megamáquina no alcanza su punto máximo en el totalitarismo, sino con las bombas atómicas, los cohetes espaciales y los ordenadores, que son para él las nuevas pirámides. Es entonces, cuando la confluencia de intereses políticos, administrativos, militares, científicos y económicos que caracterizan aquella genera una “máquina invisible” más modernizada, mejor equipada y mucho más eficaz. Tras los fracasos del nazismo y estalinismo las piezas humanas habían sido reemplazadas por mecanismos electrónicos automáticos, volviendo innecesarias las masacres y la esclavitud, ya que el espíritu de independencia y rebeldía podía domesticarse y anularse con métodos más suaves de condicionamiento y control. La metrópolis se reordenaba obedeciendo a los flujos financieros y los intereses corporativos, gracias a un instrumento en esencia totalitario: el urbanismo. De este modo la vida urbana quedaba completamente compartimentada y privatizada, repartiéndose en funciones mecánicas, sin otra finalidad que el propio funcionamiento automático: Kafka de nuevo. Suprimida la calle y la plaza pública como lugares de encuentro e intercambio, el piso apartamento fue bautizado como “máquina de vivir”, que –siguiendo a Le Corbusier y al CIAM- junto con la “máquina de circular”, el automóvil, la “máquina del trabajo”, la oficina o la fábrica, y la “máquina de divertirse”, el televisor, ubicaba a los individuos bajo el signo de la dominación, o dicho de mejor manera, a la sombra de la “megatécnica”.

Mumford, por no prestarse a equívocos –era antiestalinista- ni atraer sobre sí las iras de los censores –era americano- usaba la palabra “democracia” cuando quería decir “comunismo.” “Democracia” tiene siempre en él un intenso sentido comunitario que no tiene nada que ver con el parlamentarismo. Quizá por ignorar eso, o quizá  sencillamente por su absoluta falta de ideas, algunos ecolócratas y socialdemócratas verdes hayan querido explotar el filón ideológico que para ellos es su obra, pero cabe señalar que éste no confiaba en que la megamáquina fuera reformable y proponía paralizarla desplazando la decisión desde sus órganos directivos a “la personalidad humana y el grupo autónomo.” Creía, en contra de todos los ciudadanistas posmodernos, que el éxito de una revolución social dependía de que sus promotores fueran grupos pequeños, independientes, que no persiguiesen el poder sino que se alejasen de él: “la desobediencia es el primer paso hacia la autonomía”, y por lo tanto, hacia la revolución. En ese punto, Thoreau era más subversivo que Marx. Pero ese alejamiento no consiste en un retorno a la naturaleza, sino en una vuelta a la ciudad, a la relación armónica entre la comunidad cívica y el territorio. La ruralidad no acaba siendo negada puesto que una sociedad libre de imperativos productivistas necesita un campo liberado, pero si bien esa liberación puede ser un medio, la civitas es para Mumford el punto de llegada. El equilibrio entre lo rural y lo urbano no pasa por la abolición de la ciudad sino por su restauración.

Miguel Amorós

Charla debate en el Ateneu Candela, de Terrassa, el 14 de marzo de 2013.

 

Novedades en la biblioteca.

Queremos resaltar algunas publicaciones que hemos incluido en el catálogo recientemente.
En lo relativo a los fondos de la hemeroteca, queremos mencionar la adquisición de la publicación Un Amargo Declinar, Energía y totalitarismo ecológico:
amardecl
EL DILEMA ENERGÉTICO MUNDIAL

APRENDIENDO LA LECCIÓN DE LA EXPERIENCIA: LAS CRISIS AGRÍCOLAS DE COREA DEL NORTE Y CUBA

ENTENDIENDO LA CRISIS ENERGÉTICA: UN CUESTIONARIO A PEDRO PRIETO

LECCIONES SOBRE HISTORIA Y ENERGÍA

EN TORNO A “EL SALARIO DEL GIGANTE”

RESEÑAS: ALGUNOS DOCUMENTOS SOBRE ENERGÍA NUCLEAR / CATASTROFISMO: RECENSIÓN Y COMENTARIOS

Invierno Editorial, Zaragoza 2012
110 págs. Rústica 21×15 cm

La presentación de este interesante trabajo se realizará en las próxima Feria de Libro anarquista de zaragoza.

Del mismo modo, la editorial Brulot, acaba de editar la primera novela dentro de su colección, La Repoblación, firmada por el autor de El Salario del gigante, José Ardillo.
9788461619009
En el reino de Harzan la revolución ha triunfado.

Un nuevo mundo lucha por abrirse paso entre las ruinas del viejo régimen. La Nueva Cámara quiere imponer en el país un nuevo pacto económico y político que cambie las formas de los paisajes y los destinos de sus pobladores. Si en ciertas regiones las comunidades son capaces aún de sostenerse con los elementos naturales que les son más cercanos y accesibles, es necesario entonces destruir esta frágil solidaridad. Por todas partes es necesario imponer el reino de la Razón, la Libertad y el Progreso.

En la Repoblación asistimos a la colisión entre dos mundos: la modernidad centralizadora y productivista contra los restos de un mundo disperso, rudo y autárquico. El protagonista, el joven Serban, enviado por el nuevo gobierno a la región de Molh-Dar, experimentará en sí mismo este enfrentamiento, esta divergencia de espacios y épocas. La Repoblación es pues un relato imaginario, una fábula, pero una fábula que intenta combatir esa idea tan extendida de que la historia progresa siempre en un sentido favorable a la humanidad.

Brulot Editorial, Colección Novela. 2013
184 págs. Rústica 19×13 cm

Por último, y dentro del paquete de donaciones que hemos recibido recientemente, queremos resaltar un escueto trabajo en torno a las colectividades libertarias castellano manchegas, que ofrece algunos datos interesantes sobre poblaciones de las que apenas existe documentación histórica para su estudio.
Colectividades libertarias en Castilla. José Luis Gutiérrez Molina.
Estas páginas no pretenden ser un estudio exhaustivo sobre las colectividades, no sólo ya a nivel general, tanto teórico como estadístico, sino que ni siquiera exclusivamente a la región centro.
Pero lo que sí pretenden estas páginas es mostrar unos hechos que antes se quisieron ocultar y que ahora se pretenden ahogar bajo la oscura montaña de la objetividad y la ciencia.
La ciencia, y en los hechos humanos mucho menos, no existe, o al menos no existe a los niveles de objetividad que nos pretenden hacer creer. El hecho está ahí; una parte del pueblo español quiso y mantuvo durante el tiempo que pudo una experiencia autogestionaria; concreta, no utópica -como la sociedad sin clases tras la dictadura del proletariado- por encima de todo control estatal y sindical. Tampoco es preciso olvidar y ocultar, mucho menos si nos sentimos libertarios, que la sindical anarcosindicalista, la Confederación Nacional del Trabajo (C. N. T.), si bien su base mantuvo e impulsó el ímpetu colectivizador, a nivel de «dirigentes» y «cuadros» de mucha o poca capacidad, se fue des- pegando de esa base y acabó, no sólo entrando en un gobierno en vez de destruirlo, sino enfrentándose a su propia militancia.
Por ello el protagonismo del colectivismo español no debe atribuírselo ninguna organización, que siempre son caducas, sino al espíritu libertario de la revolución.
La objetividad no existe, y menos si es la de unos pocos que la «dan» y la «descubren» a otros muchos. Así, estas páginas son el apretado resumen de algunos meses de personal y nada objetivo trabajo de «investigación» en archivos, hemerotecas y demás centros de recopilación de documentos. Si el trabajo personal es breve no es por falta de ganas de engordar el número de páginas con algunas apreciaciones quizás importantes, derivadas de mi «estudio profundo y detenido» de los datos obtenidos. ‘Por el contrario, estos folios son los que, tras este tiempo, el que escribe estas líneas ha pensado más o menos objetivamente. El resto son los propios protagonistas a través de sus escritos y documentos quienes hablan.
El sentido de esto es que si la vida es breve y alguien ha gastado ya parte de su tiempo en recopilar estos datos y papeles, no debe ocultarlos para su disfrute o engorde de todo tipo; debe darlos, además de su objetiva opinión, para ahorrar al resto del personal que «pierda» otra vez el tiempo en lo mismo, y si lo desea hacer, es igual, que lo haga. Sería mejor dedicar menos tiempo en pensar en el pasado, con lo de instructivo que tiene y dedicarse a «hacer» un presente y un futuro que afortunadamente todavía no está escrito y no debemos dejar que nadie lo haga por nosotros. (Extraido de lamalatesta.net)
colectividadesguti

La Tormenta en el boletín de la Fundación Anselmo Lorenzo-Aranjuez

Lxs compañerxs de la delegación de la Fundación Anselmo Lorenzo de Aranjuez, han publicado una entrada en su revista sobre La Tormenta, con el texto-presentación que hace prácticamente un año sacábamos para dar a conocer el proyecto de la biblioteca:

El pdf aquí

Agradecemos profundamente el apoyo y el interés mostrado por el proyecto.

Redes de Solidaridad, una posible herramienta de acción colectiva

A continuación reproducimos un texto aparecido en la publicación anarquista Todo Por Hacer .

El libro y la experiencia práctica a la que se refiere, lo podeis encontrar en La Tormenta disponible para préstamo:

Redes de Solidaridad, una posible herramienta de acción colectiva

El mes pasado, en la sección de reseñas, publicamos una pequeña invitación a la lectura del libro “Red de Solidaridad de Seattle. Una experiencia de apoyo mutuo y acción directa”, editado por Klinamen. Pues bien, una vez seguida nuestra propia propuesta y teniendo en cuenta debates de estos últimos meses, vemos de interés sacar a relucir en un texto nuestro parecer acerca de estos espacios de lucha que representan las redes de solidaridad. La idea es hacer un pequeño análisis de qué posibilidades y obstáculos presenta esta forma de organización, para luego hacer una pequeña radiografía de nuestro entorno más cercano en busca de experiencias similares.

Primero, y antes de nada, creemos de vital importancia ponernos en contexto. Nuestra realidad cotidiana se transforma a pasos agigantados en estos años de “crisis”, en todos los ámbitos de nuestra vida sale a relucir lo que muchos/as habían olvidado durante estos años, que somos explotados/as, que en el actual sistema nuestra vida depende de ellos/as, de los/as de arriba, y ello se refleja en un mercado laboral híper-precarizado, en las cada vez mayores colas del paro, en el aumento de los desahucios, en la presión constante sobre los/as inmigrantes… Hasta hace poco, los solucinadores propios del sistema (sus instituciones, su legislación laboral, sus ONGs y sindicatos…) han podido llegar a ser “útiles” para parchear nuestros problemas, pero cada vez se hace más patente que esto se ha acabado, que ahora nos van a apretar en serio. ¿Y ante esto qué? Este contexto específico, que es en muchos aspectos similar aquí en Europa y en Estados Unidos, es sobre el que se apoyan este tipo de experiencias de redes de solidaridad, nada especialmente novedoso bajo el sol del imaginario anti-autoritario, simplemente una forma más de asumir esta realidad con la intención de romper con ella.
Teoría y práctica de las redes de solidaridad

“El objetivo final de una red de solidaridad no es quedarse sólo en eso, que nos es más que una herramienta, sino extender unas prácticas y, sobre todo, una actitud y una cultura de lucha y de apoyo mutuo entre trabajadores, tanto dentro como fuera del ámbito laboral. Se trata de romper con la cultura del pedir, con la tendencia a buscar mediadores que solucionen los problemas, se trata de empezar a luchar… y a ganar.” – Extracto del prólogo al libro “Red de Solidaridad de Seattle”.

Para empezar, hay que definir, aunque sea vagamente, qué es una red de solidaridad, o al menos qué entendemos nosotros/as por una red de solidaridad. La idea es sencilla, es una herramienta de apoyo mutuo, una forma de abordar nuestros conflictos cotidianos de manera colectiva y a través de la acción directa. Juntarse con nuestros/as iguales para abordar despidos, impagos de nómina, desahucios, problemas con alquileres, discriminaciones por razón de raza… Pequeñas luchas con un objetivo claro y un enemigo palpable, por tanto, luchas “fáciles” de abordar entre un grupo no muy grande de personas. Una vez visto para qué, ahora vendría el cómo. Y nuestro cómo es de lo más natural, muchos de estos conflictos nos suelen desbordar si los afrontamos solos/as, así que no hay mejor remedio que unirnos entre varios/as, hacer de los problemas individuales conflictos colectivos, estar ahí para darnos fuerzas unas a otras. Y este sentimiento de fuerza sólo lo encontramos cuando afrontamos los obstáculos en colectivo, sin imposiciones de unas sobre otras.

A fin de cuentas, la intención está clara, generar una defensa práctica para nosotros/as, los/as explotados/as, y hacerlo al margen de los mamoneos típicos de la izquierda. Crear un espacio al que cualquier igual pueda venir a plantear sus conflictos, y entre todas tratemos de afrontarlos, para luego pasar a apoyar los de los demás, sin más, a lo que llamamos solidaridad. Y para empezar, nada mejor que conflictos no muy grandes, que se puedan ganar, con esfuerzo, pero con objetivos claros y concisos, una reclamación concreta que deba cumplir el/la empresario/a, el/la casero/a, la sucursal bancaria… Y es en este punto en el que ponen especial hincapié los/as compañeros/as de la Red de Seattle, en la estrategia necesaria para afrontar estos conflictos. En este sentido, a la hora de aceptar el comienzo de una lucha, valoran realmente si es posible ganarla, cómo hacerlo, qué reclamar, cuánto va a costar obtener lo requerido, cuánto daño podemos hacer y cuánto nos pueden hacer a nosotros/as, tratando de planear las campañas según las fuerzas disponibles, haciéndolas sostenibles y que vayan de menos a más. Del mismo modo, intentan no caer en la mera repetición de las dinámicas típicas que tenemos de afrontar luchas (panfleto, cartel, concentración), abriendo el abanico a todo tipo de acciones (desde piquetes a la puerta de una sucursal bancaria, entablar conversaciones con los distribuidores de una tienda, blogs en internet poniendo a caldo a una empresa o hablar con los/as vecinos/as o compañeros/as de trabajo del/a casero/a con el que tenemos el conflicto).

En cuanto a la organización misma, a un nivel técnico, nos parecen interesantes las conclusiones que se sacan del libro. Puesto que se parte de un colectivo pequeño, con la intención de ir anunciándose e ir asumiendo luchas poco a poco, confiamos en los niveles de organización más básicos, sin generar estructuras que aún no necesitamos. Esto se irá creciendo con el tiempo y según se vayan sucediendo nuestras necesidades.

¿Y todo esto que os acabamos de contar, a dónde nos lleva, cómo repercute sobre nosotros/as y nuestro día a día? La primera respuesta obvia que nos viene a la cabeza es que nos permite solucionar esos pequeños conflictos, tanto propios como ajenos, que cada vez son más comunes y se nos ponen más cuesta arriba en estos días de reformas y recortes. Igualmente, cuanto mayor sea nuestra experiencia en este tipo de prácticas, mayor será nuestra formación de cara a afrontar luchas mayores, más complicadas y diversas, que irán surgiendo según crezcamos.

Yendo un poco más allá, lo que se vislumbra tras estas prácticas no es otro objetivo que el de irnos dotando (e ir dotando a nuestros/as compañeros/as de viaje) de la noción básica de que las cosas se consiguen luchando, que hay que romper con las taras mentales impuestas por esta sociedad que nos hacen caer siempre en el pedir, en buscar quien nos saque las castañas del fuego. Y no hay otra forma mejor de convencer que a través de la experiencia, de ver en la práctica estas formas de actuar. Al final, estos pequeños conflictos van generando una comunidad de lucha, un ejemplo de otra forma de hacer que queda ahí aunque no se mantenga nuestra actividad dentro de la red.

Del mismo modo, esta forma de afrontar diversas problemáticas desde una misma forma organizativa nos ayuda a romper la parcelación de las luchas, a entender (y hacer entender) el capitalismo como un problema que se extiende más allá de nuestra situación particular, de nuestro despido, nuestro desahucio o lo cabrón/a que sea nuestro/a jefe/a. Al final se pone de manifiesto nuestra condición de explotados/as, y que ante ella no nos queda otra que apoyarnos como tal en nuestros diversos marrones. En las propias palaras de los/as compañeros/as de Seattle, “esto quiere decir que en lugar de desarrollar identidades como inquilino, vecino del barrio o activista laboral, estamos construyendo un sentido de amplia solidaridad de clase”.

Por ir terminando con los aspectos positivos de estas redes, y ya desde un punto de vista interno, es decir, como anarquistas, vemos la posibilidad de poner en práctica nuestros valores y formas de afrontar los problemas. Nos permite experimentar sobre la realidad cotidiana nuestra teoría, romper con el gueto e ir generando complicidades más allá de nuestros círculos militantes.
Los obstáculos siempre aparecen en el camino

Pero si de verdad pretendemos que estas cosas funcionen en la realidad, tendremos que ver también los posibles fallos que puedan tener, al menos los más visibles. Puesto que el espacio es limitado, sólo destacaremos un posible obstáculo: el caer en el asistencialismo. Ya sea por nuestras dinámicas militantes y nuestras ganas de ir a por todas o por esta cultura, de la que ya hemos hablado, del pedir y esperar a que nos lo den todo hecho, o por el individualismo del que no es fácil salirse ni aun pretendiéndolo, no es difícil que terminemos acercándonos a los parámetros de actuación de la ONG. Los/as habrá que vengan a reclamarnos ayuda como si acudieran a la sede de CCOO, otros/as que desaparezcan una vez solucionado su conflicto y otras veces que nuestras propias velocidades acaben dejando a la persona afectada a rebufo de nuestro actos. El caso es que muchas veces caeremos en lo que tanto criticamos, en la ayuda al pobre y en la verticalidad frente al apoyo entre iguales, un aspecto peligroso que habrá que evaluar cada cierto tiempo para tratar de subsanarlo en la medida de lo posible, pero teniendo claro que hoy por hoy es algo irremediable, que mucho debemos aprender todos/as para evitarlo, y eso sólo lo conseguiremos con la práctica. Sin más, habrá que hacer ver a los/as afectados/as que la lucha es ante todo suya, que deben llevar la iniciativa y que en los/as demás encontrarán un apoyo, y sobre este ejemplo poner de relieve la necesidad de hacer lo mismo cuando el conflicto no sea el propio. Igualmente, habrá que determinar una forma de organización que permita distintos niveles de implicación, pues estos siempre existirán, que den capacidad de hacer y asumir responsabilidades a todos/as dependiendo de sus capacidades y de su tiempo, de modo que la gente nueva pueda ir encontrando su espacio.
Echando un vistazo a nuestro entorno

Está claro que lo que recomendamos encarecidamente es leer este libro de primera mano, darle unas vueltas en la cabeza, y si se ve interesante, ver cómo ponerse manos a la obra. Este es un debate que abrimos con intención enteramente práctica. Y para hacerlo más cercano, tenemos que decir que existen varios ejemplos similares a esta Red de Seattle en nuestro entorno; ya sean las diversas Xarxas de Suport Mutu (redes de apoyo mutuo) que han ido creciendo en estos últimos tiempos en varios barrios barceloneses como Poble Sec, el Clot o Sant Antoni, derivadas en gran medida de grupos de trabajo sobre la problemática de la vivienda; o en el caso de nuestra ciudad, la Oficina de Apoyo Mutuo de Manoteras (OFIAM), de muy reciente creación.