A propósito del opúsculo del colectivo Cul de Sac sobre el 15M. Obedecer bajo la forma de la rebelión

Llevo meses con la tarea pendiente de reseñar este opúsculo. Demasiados. En verdad he tomado tantas notas que podría redactar un texto que alcanzara fácilmente la mitad de sus 62 páginas. Pero si no lo hice este verano pasado —es decir, en el momento de su publicación—, la verdad es que no lo voy a hacer ahora. Por supuesto existen razones para ello, y todas se reducen a que básicamente no merece la pena llevar a cabo esa inversión de tiempo y esfuerzo. Esbozaré, eso sí, lo que pienso del libro y liquidaré mi relación con él.

La primera página del texto da la clave para poder entender buena parte de lo que se escribirá después. Al parecer el autor —el texto viene firmado por un colectivo, pero cualquiera que escriba se dará cuenta de que autor, como tal, solo tiene uno— no soporta que haya sectores del movimiento libertario —vale, ya sé que no existe como tal, pero es tan solo para entendernos— que simpaticen e incluso trabajen con / en asambleas del 15M. En un primer momento bosquejó sus críticas en un documento que se repartió en el Encuentro del Libro Anarquista de Madrid del 2011, y al no tener el éxito que anhelaba decidió ampliarlas y darles forma de librito. Como si la presencia de lomo y solapas y su disponibilidad en La Central (librería barcelonesa que recientemente ha abierto sucursal en Madrid) fueran a elevar la pataleta a un nivel superior del pensamiento crítico. Me he demorado en estas líneas porque el berrinche que sirve de telón de fondo al texto es tan estridente que no solo condiciona la lectura, sino que define la propia naturaleza de lo escrito de principio a fin. No hay pues una intención de compartir, ni de enseñar en la mejor de sus acepciones posibles, no hay una elaboración crítica que aspire a clarificar nada. Lo común está ausente, y solo queda el ingenio del autor —que sin duda existe, así como una sintaxis correcta y un léxico certero— para echar mierda sobre los demás y chapotear en la soberbia. El tipo lo hace bien, pero no merece la pena llevar a cabo un ajuste de cuentas en estas líneas. Obedecer bajo la forma de la rebelión no sirve para pensar el 15M, ni siquiera para criticarlo —aun cuando incluye muchas ideas válidas, como se verá—, sino que es una herramienta tremendamente útil para analizar las debilidades y miserias de buena parte de la llamada teoría crítica, su falsificación y su vocación espectacular. Así que voy a intentarlo.

Dos preguntas deben sostener el andamiaje de una crítica radical —en este caso, impresa—: ¿de qué se escribe? y ¿para quién se escribe? Sin tenerlas claras, el lector difícilmente podrá enterarse de nada, o si lo hace, sin duda lo hará de manera equívoca. Es quien escribe el que tiene que dejar las cosas claras antes de lanzarse a la tarea que se ha propuesto. ¿Para qué escribimos?, ¿de qué?, ¿a quién se lo queremos contar y qué pretendemos con ello? Es algo que deberíamos plantearnos cuando lanzamos un mensaje al espacio público, y es algo que, en definitiva, deberíamos plantearnos también cuando leemos si no queremos perder el tiempo o arriesgarnos a sucumbir ante el canto de sirenas de las consignas pegadizas.

Pues bien, en tanto que lector, no me queda claro cuál es la voluntad real del texto. En términos formales podría decir que no es sino una exhibición, un artefacto pirotécnico con el anhelo de generar un buen número de citas; de frases contundentes y cerradas que aspiren a cierta perpetuidad y sirvan para comenzar otros textos (véase el uso indiscriminado que ha llegado a hacerse de Debord, Semprun o Mumford). Una búsqueda del reconocimiento… reconocimiento de la lucidez, del ingenio, de la pureza o de la radicalidad. En fin: una imagen. Te acercas con sigilo, miras detrás y no encuentras nada más que unas manos juntando letras en pos del asombro y la admiración. Otra imagen. Y eso sí que es un callejón sin salida. Agujero negro.

Obedecer bajo la forma de la rebelión es otro de tantos escritos que no atacan el orden existente aun pretendiendo hacerlo, aun seguros de haberlo hecho. Quizás su forma de presentar las cosas sirva puntualmente para analizar otros fenómenos y nocividades, pero al abordar algo tan rico y complejo como son las conductas humanas, se queda en un balbuceo autorreferencial. Y afirmo de nuevo que comparto muchos de sus diagnósticos y el pesimismo frente a los tiempos que nos ha tocado vivir. Pero sigo sin saber de lo que habla. Todo el texto gira en torno a un 15M monolítico, que al parecer todos conocemos pero que el autor no se molesta en definir. Algo encallado, sólido e inerte. Unas siglas, una organización anquilosada. ¿Qué demonios es el 15M? La crítica radical la hacen francotiradores que abaten presas e iluminan caminos. Disecar un espantajo mediático y tirotearlo en el salón de tu casa para presentarlo luego como un triunfo intelectual es una gilipollez, además de un ejercicio de mezquindad intelectual. Y sin embargo, si uno mira hacia atrás, parece evidente que desde los supuestos movimientos o entornos anticapitalistas ha sido una práctica demasiado habitual. Yo, sin ir más lejos, he sido asiduo a ella en el pasado; en mi defensa diré que era más joven y estúpido que lo que lo soy ahora.

Creo que no hay elementos comunes que permitan definir al 15M de manera suficientemente coherente. Tampoco este es el lugar para ahondar en ello. Hay, tan solo, rasgos compartidos. Las asambleas cambian entre ciudades o incluso barrios de una manera tal, que tan solo comparten el hecho de ser asambleas. La teoría que nos vale debe hacerse sobre lo real. Cuando se construye a partir de imágenes sueltas, de retales de aquí y allá para que nos cuadren las cosas, estamos malgastando el tiempo. Y da igual si se está hablando de movimientos sociales, de urbanismo o de salud mental. Y eso es lo que me ayuda a reconocer este texto. Y no es poco.

La imagen sobre la que opera Obedecer bajo la forma de la rebelión tiene la misma validez que la que presentó Cristina Cifuentes (esa mujer con perlas y piel estirada que es la actual delegada de gobierno en la ciudad de Madrid) ante los medios cuando contó que ella sabía bien qué y quiénes eran el 15M: se había infiltrado en una asamblea, había “reconocido el terreno” y lo hacía público con una mirada que parecía decir “es que soy la ostia”. Solo mediante un mecanismo de reducción simplista y pensar que todo el mundo es idiota menos uno mismo se puede llegar a emitir juicios críticos con absoluta vocación de solemnidad. Y además permitirte hacerlo sobre algo que no puedes acotar. La necesidad de operar no con experiencias vivas, sino con un puñado de piezas de lego —simples, prefabricadas, conocidas y fáciles de montar— es la condición que posibilita dar interpretaciones cerradas, contundentes y, por qué no, atractivas (debemos reconocer que la posibilidad de comprender la mayor movilización social en décadas a través 62 únicas páginas donde no se alberga ni la más mínima duda tiene cierto tirón… ¡y más si se sabe que incluye un bonus extra con predicciones infalibles sobre lo que ocurrirá en el futuro!).

Lo sentimos, pero los sucesos que siguieron al 15 de mayo son terriblemente heterogéneos. Desde 25.000 personas desafiando una orden gubernamental a los gimoteos amorfos que solo buscan que les devuelvan las ecuaciones tranquilizadoras con las que se vivía hasta hace algunos años (por ejemplo: si he estudiado una carrera universitaria merezco un curro cualificado que me distinga del resto). Desde asambleas en las que señoras que rebasaban los sesenta años exigían que los delegados que fueran a coordinarse con otras asambleas fueran “rotativos y revocables”, a las estrategias patéticas de la izquierda por apuntarse un tanto. Y podríamos seguir, pero lo que merece la pena recalcar es que no hay un sustrato único al que despedazar. Eso no quita que se puedan hacer críticas generales o plantear cuestiones centrales a la hora de hablar de movilización y protesta. El optimismo tecnológico que se menciona en el texto es un punto que hay que tener en cuenta desde el mismo momento en el que asoma el mínimo indicio de descontento social en nuestros días. También hay que ser capaces de situar en el centro de cualquier debate la crisis ecológica (junto con la idea de progreso industrial, la dominación técnica, el ansia de inmediatez, etc.) y el hecho irrefutable de que si realmente queremos cambiar esta situación y hablar de justicia social, va a haber que renunciar a la mayor parte de las comodidades de las que disfrutamos. Obedecer bajo la forma de la rebelión habla de todo ello, pero para afirmar la lucidez propia como única radicalidad legítima y dar a entender que el resto nada en un mar de estupidez. La distancia, tan cómoda por otra parte, desde la que han sido escritas las palabras permite la creación de una atmósfera hipercrítica, tan elitista como escindida. Queda hacerse la pregunta ya mencionada que aborda el para qué se persigue esta separación: el texto se convierte en pose, en un juego que no deja de ser un fraude al estar condenado desde el principio. Su objeto no existe, se lo han inventado, y en él lo importante ya no es de lo que se escribe, sino cómo se escribe o qué efecto se provoca en el que lee. De nuevo el callejón sin salida, eso sí: extremadamente aséptico.

La primera enseñanza que te asesta cualquier lucha social en la que te veas involucrado —y por social me refiero a una lucha con otros, es decir con gentes que posean un bagaje diferente al propio— es que las cosas nunca salen como te las planteas, y que lo que a uno le parece vital, no tiene por qué serlo para los demás. De manera que si realmente crees que hay que generar, potenciar o incluso inventar un frente de lucha, no queda otra que bajarse al barro y bregar con la vida. Actuar como si hubiéramos alcanzado un estado de conciencia superior desde el que mirar a los demás es demasiado parecido a convertirse en gurú ideológico. Un fantoche —todos conocemos unos cuantos, sean individuos o colectivos— que se presenta con respuestas para todo, se siente extremo afilado del pensamiento crítico y cree poder permitirse juzgar realidades que ni conoce ni le interesa conocer. Si se pierde la humildad, si uno no reconoce que para llegar a ciertas ideas hay que hacer derivas por muchos desiertos… entonces estaremos reproduciendo las mismas miserias que definen ese estado de las cosas que supuestamente queremos dinamitar. Las personas tienen ritmos, le joda a quien le joda, y si a alguien le interesa ver cómo la realidad se resiste a las maniobras de los taxidermistas de la teoría, sería interesante evaluar cómo va mutando la concepción de la policía que se tiene en todos estos movimientos sociales tan recientes, pues si bien es verdad que sigue imperando un pacifismo que puede rayar en el absurdo, los discursos van poco a poco cambiando. Y para bien.

Ni el 15M alberga en sí mismo y de forma necesaria un paradigma revolucionario —tal como se pudo llegar a oír en los primeros días de movilizaciones—, ni tiene la importancia que se le da en el opúsculo —donde se llega a afirmar que implicará prácticamente el fin de las “opciones” de la crítica radical—. Y si bien es cierto que sus orígenes fueron un tanto confusos, lo único que nos debería importar es dónde estamos y cómo socializamos tanto nuestros conocimientos, como nuestros sueños —la misma tarea que teníamos antes, por cierto—. No tenemos nada que llorar con la llegada del 15M, no hay ninguna lucha que se haya perdido por ello. Solo quedan todas las que llevamos perdiendo nosotros desde siempre, y también las que nos ganaron. No ha habido “pacificación social” alguna tras el auge y decadencia de la indignación, tal como Cul de Sac afirma en su libro. Simplemente hay más espacios, más asambleas, más colectivos… (y partiduchos políticos de medio pelaje, peticiones de reformas legislativas, convocatorias sin pies ni cabeza… para qué negarlo). No es la ostia, pero es lo que tenemos. Habrá quienes se incomoden, quienes pierdan su pequeña porción de poder en diminutos espacios políticos y se sientan heridos. Incluso hubo quienes sintieron que un puñado de no iniciados robaba la sacrosanta “asamblea” de sus locales sindicales. No pasa nada, no hay que hacerle nunca ascos al viento fresco; aun cuando haya quien se resfríe. Quienes apostamos por ideas de emancipación, de libertad, tenemos que criticarnos a nosotros mismos y a nuestras miserias antes que permitirnos el lujo de ir por ahí dando lecciones que nadie nos ha pedido. Resignación y complacencia en los propios discursos, en la propia estética, en el mismo aire envenenado que respiramos todos los días es de nuevo un oscuro callejón sin salida. Volviendo al texto, no tenemos que prepararnos para ser tratados como “desertores y saboteadores” puesto que siempre hemos sido tratados así. Buscando uno se equivoca, pero sin duda es infinitamente mejor que jugar a solas a tener siempre la razón —algo demasiado aburrido para ser deseable: aquí y en cualquier lugar donde la vida quiera latir—.

Nando
Madrid 12 de enero del año 28 de la era Orwell.

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