Presentación de La Facción Caníbal por Servando Rocha.

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La Facción Caníbal. Historia del Vandalismo Ilustrado.

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CLASE MEDIA, PARTITOCRACIA Y FASCISMO. Miguel Amorós

A continuación os dejamos el texto que sirvió de base para la charla-presentación en La Tormenta de “Salida de Emergencia”, el último trabajo de Miguel Amorós editado por Pepitas de Calabaza. El texto en cuestión continúa la tarea de afinar el marco explicativo que dé cuenta de la emergente “Rebelión de las masas…de clase media”, que como bien refleja este texto, es el caldo de cultivo perfecto para la fascistización real, a través de la dictadura moderna de la partitocracia,  del cuerpo social y los peligros que para la emancipación conlleva.

CLASE MEDIA,  PARTITOCRACIA  Y  FASCISMO

  El tema de la partitocracia no ha sido seriamente estudiado ni por la sociología académica ni por la crítica “antifascista” del parlamentarismo moderno, y eso a pesar de que la crisis de los regímenes autoproclamados democráticos haya desvelado su realidad específica en tanto que sistema autoritario con apariencias liberales donde los partidos, y mucho más sus cúpulas, se abrogan la representación de la voluntad popular a fin de legitimar su acción y sus excesos en defensa de sus intereses particulares. No debe de extrañar el hecho, pues al igual que sucedió con la burocracia de partido único en los regímenes estalinistas y fascistas, la clase política conformada por la partitocracia existe en la medida que oculta su existencia como clase. Como apunta Debord, “la mentira ideológica de su origen jamás puede revelarse.” Su existencia como clase depende del monopolio de la ideología, leninista o fascista en un caso, democrática en el otro. Si la clase burocrática del capitalismo de Estado disimulaba su función de clase explotadora presentándose como “partido del proletariado” o “partido de la nación y la raza”, la clase partitocrática del capitalismo de Mercado lo hace exhibiéndose como “representante de millones de electores”, y por lo tanto, si la dictadura burocrática era el “socialismo real”, la suplantación partitocrática de la soberanía popular es la “democracia real”. La primera ha tratado de apuntalarse con la abundancia de espectáculos rituales y sacrificios; la segunda lo ha hecho con la abundancia de viviendas y de crédito para poseerlas. Sendas abundancias han fracasado.

Para comprender el fenómeno de la partitocracia hay que remontarse a sus orígenes históricos, cuando el caciquismo deja de ser operativo debido a la pérdida de poder de las oligarquías locales en favor del Estado. En un momento determinado de desarrollo capitalista, aquél en el que la burocratización juega un rol central en la historia, la administración partidista sustituye al paternalismo de los terratenientes y de la alta burguesía. El susodicho fenómeno hay que enmarcarlo entre la degeneración extrema del parlamentarismo, la concentración del capital, la degradación de las organizaciones obreras, la expansión del Estado y la profesionalización total de la política, hechos intensificados en la posguerra mundial. Podíamos también aludir a los vaivenes imperialistas, a la guerra fría, al “eurocomunismo”, a los procesos de modernización tecnológica y a la crisis energética, como otros tantos condicionantes de la fusión de la política, el Estado y el capitalismo nacional. Pero la patrimonialización del Estado por una clase política no alcanza su cenit y, por lo tanto, no desempeña un papel crucial, más que cuando proclama como objetivo único el crecimiento de la economía autónoma, es decir, el abandono del nacionalismo económico en pro del desarrollo mundial del Mercado. Entonces la clase política, apoyada en una extensa clientela creada con fondos y empleos públicos, se convierte en parte de la clase dominante. En una nueva burguesía, si se quiere. No es una clase subalterna, ni es toda clase dirigente (salvo en China); tampoco se trata de una clase nacional. Precisamente, cuando se internacionaliza deviene un elemento fundamental en las relaciones de producción impuestas por la globalización financiera. La partitocracia suprime la contradicción entre intereses nacionales e intereses globales al recrear en todas partes las mismas condiciones políticas óptimas para la expansión de la economía; por un lado, forjando al mismo tiempo una extensa red clientelar; por el otro, desactivando las protestas que emanan de la sociedad civil y aportando la violencia institucional allí donde falla la violencia económica. La economía no funciona sin el orden, y la partitocracia es, si no exactamente el orden, es un desorden que funciona en beneficio de la economía. Es el desorden establecido.

Bien que en un caso estamos ante un sistema abierto y competitivo que utiliza procedimientos electorales y, en el otro, ante un sistema cerrado y rígidamente jerarquizado donde los nombramientos no necesitan legitimación pública, en los últimos tiempos no es raro la comparación, incluso la asimilación, de la partitocracia con el fascismo. Ambas son formas autoritarias de gobierno que surgen tras los retrocesos y derrotas del proletariado, en el subsiguiente proceso de masificación y desclasamiento que dará lugar a una nueva clase media conformista y aquiescente. Las dos nacionalizan bancos en ruina y tienen un momento “plebeyo” inicial que estipula el “derecho al trabajo” y al “bienestar”, bien apuntalando determinados sindicatos o bien creándolos ad hoc para usarlos como interlocutores, momento que finaliza tan pronto como la clase obrera es domesticada y disuelta. La conversión del proletariado en una infantería pasiva de los sindicatos institucionales, sin ninguna conciencia de clase ni deseo de transformación social, es fundamental para la puesta en marcha de contrarreformas laborales; después se pedirán esfuerzos depauperadores a las clases medias. Fascismo y partitocracia basan su éxito en someter los antagonismos sociales al mito del Estado, pero donde hay Estado, la libertad está supeditada a la Razón de Estado, o sea que no existe. Por eso la clase política ha de consolidar y conservar su status suprimiendo los fundamentos liberales que la habían hecho posible. Se empeña en que la sociedad civil proletarizada no se constituya al margen del sistema y le dispute espacios, pero bajo el fascismo, en tanto que defensa extremista de la economía, se recurre a la brutalización de la vida pública, mientras que bajo el sistema parlamentario de partidos, en tanto que defensa modernizante, se emplea de preferencia la seducción consumista y la corrupción. Las dos maneras son respuestas costosas a la crisis capitalista puesto que necesitan mantener una creciente población improductiva que lleve a cabo una renovación, una movilización y un trasvase de recursos fuera del alcance del Mercado. Pero el fascismo es una respuesta arcaica y dura, y la partitocracia, una respuesta más envolvente y racionalizada. Son maneras de organización política del gran capital, diferentes de los regímenes antiguamente llamados “bonapartistas” -haciendo referencia a la dictadura populista implantada en Francia tras una victoria electoral por Luis Napoleón, como el del mariscal Pétain, también en Francia, el del general Perón en Argentina o el chavismo. Partitocracia y fascismo poseen una base social concreta, la pequeña burguesía, los empleados y el proletariado desclasado en el segundo, y la clase media asalariada y los obreros sindicalmente amaestrados en el primero.

La psicosis colectiva generada por la ausencia de ideales de clase, la desmoralización y el miedo a la crisis, hacen que dicha base crea en milagros, y se disponga a someterse, no sin patalear, a toda clase de medidas restrictivas. El desastre de la globalización hace que la dominación reclame una economía de guerra. Y aquí comienzan las diferencias: el fascismo se produce en un marco nacional, de ahí sus planes autárquicos, las empresas mixtas, los trabajos públicos como solución del paro y su nacionalismo expansionista. La partitocracia se desarrolla en un contexto neoliberal, por lo que su planificación nacional obedece las directrices económicas del capital internacional y su política exterior se supedita a la estrategia diplomático militar del gran Estado gendarme del capitalismo, los Estados Unidos de América. De ahí sus planes de infraestructuras, los consorcios mixtos de las metrópolis-empresa y el uso del “bienestar” como distribución discriminatoria de favores clientelares. Al contrario de lo que sucede con el fascismo, en la partitocracia la utilización del aparato burocrático con fines privados está descentralizada; ocurre en cualquier nivel de la administración y no solamente en las altas esferas ministeriales. La partitocracia no necesita estatizar ningún medio de producción, aunque sí puede darse el caso de intervenir en los medios financieros, pero siempre más en pro de los fondos de inversión internacionales que para salvar la empresa o la propiedad privada autóctona. Se mueve siempre en la esfera de intereses que superan a los estatales y locales, aunque no los anulen puesto que son los de su parroquia. Cierto es que se sirve del miedo como instrumento de gobierno, pero no para imponer una política de terror, sino una política de resignación. Para la partitocracia, los terroristas son los otros, sus enemigos violentos o tranquilos que intentan reconstruir la sociedad civil desde la disidencia, y se emplea a fondo con ellos, aunque en condiciones normales prefiera disolver los antagonismos de clase en lugar de criminalizarlos y aplastarlos, escogiendo la compra de líderes por cooptación al uso de la fuerza, y la tecnovigilancia al internamiento político. El fascismo no admite la excepción, mientras que la partitocracia tolera minorías hostiles con tal de que no se vuelvan problemáticas. La comunidad ilusoria definida por el fascismo de la que hay que formar parte por la fuerza es la de la raza o la nación que necesita un espacio vital, mientras que la comunidad partitocrática es la ciudadanía votante que completa sus necesidades espaciales con el turismo. Carece del gran problema de las dictaduras terroristas de partido único, que es la guerra contra las naciones vecinas. En virtud de los tratados internacionales que establecen la circulación libre de capitales, la expansión de la economía nacional no choca con aranceles ni barreras aduaneras, pudiéndose extender y hasta deslocalizar por el mundo sin necesidad de operaciones bélicas, salvo las exigidas por el control de las fuentes de energía. En consecuencia, las políticas “de defensa” de los sistemas partitocráticos no agotan las reservas nacionales en la fabricación de armamentos, ni condenan al hambre a la población sometida (como pasaba por ejemplo en la URSS y pasa hoy en Corea del Norte.) Tampoco la torturan con discursos y constantes manifestaciones de adhesión: la publicidad de la mercancía es más eficaz a la hora de la movilización que la ideología. Por eso los fascismos y totalitarismos han resultado fallidos casi siempre y se han desmoronado víctimas de sus insuperables contradicciones. Con frecuencia has sido sustituidos por regímenes partitocráticos más o menos imperfectos, es decir, más o menos mafiosos, según la presencia débil o fuerte de mecanismos reguladores, e inversamente, según la presencia fuerte o débil del personal del régimen anterior. Alemania, Suecia o el Reino Unido podrían ser ejemplos de partitocracias autorreguladas, y España, Italia o Rusia, de partitocracias corruptas. Tal reconversión se ha aprovechado de la derrota definitiva del proletariado revolucionario, nunca compensada con nuevos avances que reanimaran la discusión y el debate social e hicieran posible el retorno de un movimiento obrero radical e independiente.

Podemos aceptar que la partitocracia no es fascismo, aunque se asemeje a él en algunos aspectos -sobre todo en la forma bipartidista- pero es más cierto que tampoco es democracia, ni siquiera “democracia enferma”: en ella no existe separación de poderes, ni debate público, ni control, ni mecanismos formadores de la opinión. Es un tipo moderno de oligarquía desarrollista que funciona bien sin crisis. Las partitocracias se ven cuestionadas por su base social debido a que su supeditación al sistema financiero la perjudica, pero no hasta el punto de apelar a procedimientos revolucionarios, ya que su iniciativa no va más allá de la reforma electoral, del control de la Banca y de la demanda de inversiones. Las clases medias descontentas no rechazan el sistema partitocrático, simplemente exigen unos partidos más acordes con sus intereses y un Estado más keynesiano que solucione el problema del paro y del crédito; por consiguiente, sus armas siguen siendo la recogida de firmas, las movilizaciones por delegación, pacíficas y espaciadas, los votos y los recursos ante los tribunales. Así pues, las clases medias (entre las que cabría el proletariado inconsciente, disperso y desmoralizado) no persiguen un enfrentamiento con las instituciones partitocráticas, sino una mayor apertura de las mismas a un frente de terceros partidos y asociaciones. Una bautizada “democracia participativa.” Quieren estar correctamente representadas en el régimen, por lo que mojarán la pólvora para que no explote. No obstante, cuando las instituciones dejan de funcionar por un exceso de endeudamiento, fruto de la corrupción o de una simple mala gestión prolongada, se produce esa circunstancial desafeccción que, al aislar a la clase política –la cual, no lo olvidemos, incluye a la burocracia obrera- obliga la partitocracia a endurecerse aproximándola al fascismo, y más con el temor que inspira una verdadera oposición “antisistema”. Pero su instinto de supervivencia hace que no apacigüe el descontento limitándose a la legislación punitiva y las fuerzas antidisturbios, y haga leña de cualquier madera: los partidos y sindicatos alternativos, las coaliciones electorales y las plataformas cívicas, los movimientos sociales y vecinales. Así, uno se duerme en una asamblea de “indignados” y se despierta votando a Izquierda Unida o a Los Verdes. Y mientras tanto, la clase política, el verdadero Partido del Estado, salva su modus vivendi, o como ella lo llama, la “gobernabilidad”, gracias a una complicación pasajera del mapa político y unas puertas entreabiertas a la participación “transversal”.

La partitocracia se consolidó por el apoyo de las clases medias, que gustan de autodenominarse “ciudadanía”, pero no se corresponde con el gobierno de dichas clases; es, por el contrario, el gobierno absoluto del capital globalizado. Al estar demasiado fragmentadas, las clases medias son incapaces de una política independiente y, tanto en épocas de bonanza como en épocas de crisis, se acomodan con las políticas desarrollistas que marcan los dirigentes de la alta burguesía ejecutiva. Pero algo han de decir cuando sus intereses son echados por la borda. La protesta ciudadana, de la que el izquierdismo vanguardista no es más que una versión arcaizante, es su manera de manifestar el desencanto con los “políticos” y los parlamentos. Que no espere nadie ver transformarse las reivindicaciones “democráticas” consabidas en reivindicaciones socialistas. Que tampoco nadie espere encontrar en las propuestas ecologistas una defensa del territorio. No se piden más que reformas; sin embargo, la partitocracia no puede reformarse, sólo cabe derribarla, y eso es precisamente a lo que las clases medias no se atreven. No está en su naturaleza. Si se concentraran fuerzas históricas suficientes para destruirla, es decir, si se profundizara la crisis social hasta la ruptura, una parte de la clase media las seguiría, mientras que la otra abrazaría la dictadura o el fascismo y, entonces, el comunismo o socialismo revolucionario se jugaría a doble o nada. Por desgracia, como lo demuestra la ausencia de mecanismos populares de autoorganización, esas fuerzas no existen.

Cualquier análisis serio de la partitocracia debe tener en cuenta las relaciones entre la clase dominante, incluida la clase política, las clases medias y los movimientos contrarios al sistema. La clase dirigente debe asegurar la conexión con las clases medias mediante el Partido del Estado, neutralizando cualquier oposición resuelta que se forme directamente desde la contestación social. Si ello no sucediera y las protestas se convirtieran en revueltas, la clase dominante abandonaría los métodos pacíficos y conservadores en pro de tácticas propias de la guerra civil, acallándose los lamentos ciudadanistas y transformándose la clase política en partido unificado del orden. Cuando la clase dominante entra en conflicto con la democracia parlamentaria formal tratará de salir mediante leyes de excepción y estados de sitio encubiertos, como ha venido haciendo hasta ahora. Esa es la verdadera función de la clase política y la burocracia obrerista en momentos de crisis aguda. La clase política o Partido del Estado está para hacer innecesario el siempre arriesgado recurso al golpe militar o al fascismo, pues ella ha de bastarse y sobrarse para hacer de gendarme del capital mundial manteniendo las mínimas apariencias de legitimidad parlamentaria. Conviene repetir que las clases medias no constituyen exactamente una clase, sino un agregado variopinto de fragmentos sociales, maleable y versátil, por lo que están condenadas a seguir siendo hasta el fin una herramienta del capitalismo. No pueden escapar a las alianzas de emergencia con la clase dominante, puesto que necesitan una “dirección” y no hay otra clase capaz de dársela. Por otra parte, las clases medias temen más a la anarquía popular, a la violencia de masas, al anticapitalismo o al desmantelamiento del Estado, que a los impuestos, a los recortes o a las privatizaciones. Están irritadas con los políticos, con el parlamento y con el gobierno, pero todavía creen en los jueces, en la prensa, en los funcionarios y las ONGs, en la sanidad y la enseñanza públicas, en la ciencia y el progreso. Están sentadas sobre dos sillas inestables, pero ante una alternativa demasiado pronunciada se aferrarán a los tópicos ciudadanistas del orden antes que aventurarse por los inciertos caminos de la revolución social. No será así en todos los casos, pero sí en la mayoría. Al menos en un principio, cuando la clase dominante y el sistema partitocrático tengan las de ganar. Su papel histórico es subalterno, nunca determinante. El sujeto subversivo no surgirá de ellas, ni encontrará en ellas sus ilusiones y su ser. Hemos apuntado la posibilidad de que de la plena descomposición del capitalismo pueda emerger una clase “peligrosa” dispuesta a cambiar la sociedad de arriba abajo y a eliminar el régimen político imperante. Esta clase negativa habrá de rechazar la ideología ciudadanista tanto como la política profesional mistificadora que hacen los partidos, pues su condición de existencia impone una estrategia disolvente y un proceder independiente e igualitario. Si eso llega a suceder, la cuestión de la clase media se resolverá por sí sola.

Es muy difícil pensar estratégicamente después de una serie de derrotas decisivas. Los nuevos rebeldes persisten en ignorar la derrota de sus predecesores, pues cuanto mayor ha sido la destrucción del medio obrero y el progreso de la domesticación, mayor es la desorientación y la impotencia en vislumbrar una nueva perspectiva. La historia social registra un gran número de derrotas suplementarias como resultado de una mala evaluación de la derrota principal, en este caso la del proletariado en los sesenta y setenta, empeorada con los intentos de ocultarla o de ignorarla. Tampoco parece que influyan las transformaciones del capitalismo provocadas por la globalización, la crisis energética o la urbanización generalizada. En la guerra social este tipo de comportamiento lleva a la aniquilación de fuerzas, al compromiso efímero y al sectarismo vanguardista y aventurero. Resulta paradójico que quienes más partidarios son de una memoria histórica completa sean los más desmemoriados. Y que quienes se autodenominan la pesadilla del poder no sean más que la facción indisciplinada y extremista de las clases medias en ebullición. A lo largo de la historia las crisis sociales han conducido a situaciones explosivas, pero en una atmósfera de confusión y en ausencia de una conciencia clara, las crisis solamente agravan el proceso de descomposición. La mentalidad nihilista y el oportunismo ocupan el lugar de la conciencia de clase, trabajando contra la formación de un sujeto revolucionario, y fomentando subsidiariamente en las masas oprimidas sentimientos de frustración y de indiferencia. En los medios superficialmente contestatarios faltan análisis serios que destapen las raíces de la cuestión social. El atroz contraste con la realidad tozuda y triste de los ridículos tacticismos obreristas e insurreccionalistas, por no hablar de los todavía más penosos montajes lúdicos o estéticos, induce a la pasividad, no a la radicalización. No puede haber radicalización sin toma de conciencia, y no hay toma que valga si no se ha evaluado críticamente el pasado. Solamente con buenas intenciones, rabia y escenografías no se va a ninguna parte. Desgraciadamente estamos en los comienzos de una revisión crítica. El capitalismo continúa venciendo sin encontrar demasiada resistencia. Y el bando de los vencidos continúa sufriendo las consecuencias no asimiladas de sus derrotas.

Miguel Amorós

10 de enero de 2013

Nuevas entradas en los fondos de La Tormenta

Los Intelectuales y el poder. René Lourau.

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Toda la teorización de René Lourau culmina en el cuestionamiento radical del lugar de los intelectuales en los procesos sociales. Su llamado de atención frente al “delirio tecnocrático” conduce al análisis de la relación entre saberes y poderes, así como a interrogarnos sobre la relación dinámica y conflictual entre los procesos de institucionalización y los proyectos de autogestión generalizada y de autonomía social e individual.
La selección de ensayos incluida en este libro, que el propio Lourau hiciera poco antes de su muerte inesperada, responde a su mirada enriquecida por su capacidad intelectual y la rica experiencia y militancia que desarrolló en todos los espacios sociales, y que lo conduzco a una hipótesis central que ve a “la clase de la intelectualidad como “nueva clase” en ascenso hacia el poder”.

Anarquismo Social o Anarquismo personal. Murray Bookchin.

anarquismosocialEn el presente libro, el ya fallecido Murray Bookchin, uno de los principales pensadores anarquistas contemporáneos, realiza una dura crítica de algunas de las nuevas corrientes que han cobrado fuerza en las últimas décadas dentro de la izquierda antiautoritaria y, en concreto, dentro del área anarquista. Bookchin, uno de los pioneros de la ecología social, analiza y cuestiona las bases de las corrientes de crítica de la civilización industrial, primitivistas, neomísticas e individualistas (y se enfrenta a algunas de sus figuras más relevantes como John Zerzan, David Watson o Hakim Bey), acusándolas de haber perdido el componente social y organizativo —y por lo tanto revolucionario— para convertirse, muchas veces, en una mera actitud nihilista postmoderna o, en el peor de los casos, en un mero objeto de consumo para pijoprogres.
¿Podrá el anarquismo continuar siendo un movimiento social revolucionario o acabará siendo una subcultura de moda? ¿Continuarán siendo sus principales objetivos la completa transformación de una sociedad jerárquica, clasista e irracional en una sociedad comunista libertaria? ¿O devendrá una ideología centrada en el bienestar personal, la redención espiritual y la autorrealización en el interior de la sociedad existente? Un debate complejo y necesario…

Desde la Biblioteca, queremos resaltar el contenido del prólogo que Juantxo Estebaranz hace de esta obra. Un buen repaso histórico de los autores y las ideas que en torno al anarquismo se han venido sucediendo desde mediados del siglo XX hasta prácticamente nuestros días. Un compendio del que Bookchin forma parte y cuyos escritos aun siguen siendo difícilmente encajables para la mayoría del movimiento libertario mas inamovible, ideológico y anclado en las desfasdas premisas del obrerismo productivista, y por qué no decirlo, filoprogresista.

 

 

A propósito del opúsculo del colectivo Cul de Sac sobre el 15M. Obedecer bajo la forma de la rebelión

Llevo meses con la tarea pendiente de reseñar este opúsculo. Demasiados. En verdad he tomado tantas notas que podría redactar un texto que alcanzara fácilmente la mitad de sus 62 páginas. Pero si no lo hice este verano pasado —es decir, en el momento de su publicación—, la verdad es que no lo voy a hacer ahora. Por supuesto existen razones para ello, y todas se reducen a que básicamente no merece la pena llevar a cabo esa inversión de tiempo y esfuerzo. Esbozaré, eso sí, lo que pienso del libro y liquidaré mi relación con él.

La primera página del texto da la clave para poder entender buena parte de lo que se escribirá después. Al parecer el autor —el texto viene firmado por un colectivo, pero cualquiera que escriba se dará cuenta de que autor, como tal, solo tiene uno— no soporta que haya sectores del movimiento libertario —vale, ya sé que no existe como tal, pero es tan solo para entendernos— que simpaticen e incluso trabajen con / en asambleas del 15M. En un primer momento bosquejó sus críticas en un documento que se repartió en el Encuentro del Libro Anarquista de Madrid del 2011, y al no tener el éxito que anhelaba decidió ampliarlas y darles forma de librito. Como si la presencia de lomo y solapas y su disponibilidad en La Central (librería barcelonesa que recientemente ha abierto sucursal en Madrid) fueran a elevar la pataleta a un nivel superior del pensamiento crítico. Me he demorado en estas líneas porque el berrinche que sirve de telón de fondo al texto es tan estridente que no solo condiciona la lectura, sino que define la propia naturaleza de lo escrito de principio a fin. No hay pues una intención de compartir, ni de enseñar en la mejor de sus acepciones posibles, no hay una elaboración crítica que aspire a clarificar nada. Lo común está ausente, y solo queda el ingenio del autor —que sin duda existe, así como una sintaxis correcta y un léxico certero— para echar mierda sobre los demás y chapotear en la soberbia. El tipo lo hace bien, pero no merece la pena llevar a cabo un ajuste de cuentas en estas líneas. Obedecer bajo la forma de la rebelión no sirve para pensar el 15M, ni siquiera para criticarlo —aun cuando incluye muchas ideas válidas, como se verá—, sino que es una herramienta tremendamente útil para analizar las debilidades y miserias de buena parte de la llamada teoría crítica, su falsificación y su vocación espectacular. Así que voy a intentarlo.

Dos preguntas deben sostener el andamiaje de una crítica radical —en este caso, impresa—: ¿de qué se escribe? y ¿para quién se escribe? Sin tenerlas claras, el lector difícilmente podrá enterarse de nada, o si lo hace, sin duda lo hará de manera equívoca. Es quien escribe el que tiene que dejar las cosas claras antes de lanzarse a la tarea que se ha propuesto. ¿Para qué escribimos?, ¿de qué?, ¿a quién se lo queremos contar y qué pretendemos con ello? Es algo que deberíamos plantearnos cuando lanzamos un mensaje al espacio público, y es algo que, en definitiva, deberíamos plantearnos también cuando leemos si no queremos perder el tiempo o arriesgarnos a sucumbir ante el canto de sirenas de las consignas pegadizas.

Pues bien, en tanto que lector, no me queda claro cuál es la voluntad real del texto. En términos formales podría decir que no es sino una exhibición, un artefacto pirotécnico con el anhelo de generar un buen número de citas; de frases contundentes y cerradas que aspiren a cierta perpetuidad y sirvan para comenzar otros textos (véase el uso indiscriminado que ha llegado a hacerse de Debord, Semprun o Mumford). Una búsqueda del reconocimiento… reconocimiento de la lucidez, del ingenio, de la pureza o de la radicalidad. En fin: una imagen. Te acercas con sigilo, miras detrás y no encuentras nada más que unas manos juntando letras en pos del asombro y la admiración. Otra imagen. Y eso sí que es un callejón sin salida. Agujero negro.

Obedecer bajo la forma de la rebelión es otro de tantos escritos que no atacan el orden existente aun pretendiendo hacerlo, aun seguros de haberlo hecho. Quizás su forma de presentar las cosas sirva puntualmente para analizar otros fenómenos y nocividades, pero al abordar algo tan rico y complejo como son las conductas humanas, se queda en un balbuceo autorreferencial. Y afirmo de nuevo que comparto muchos de sus diagnósticos y el pesimismo frente a los tiempos que nos ha tocado vivir. Pero sigo sin saber de lo que habla. Todo el texto gira en torno a un 15M monolítico, que al parecer todos conocemos pero que el autor no se molesta en definir. Algo encallado, sólido e inerte. Unas siglas, una organización anquilosada. ¿Qué demonios es el 15M? La crítica radical la hacen francotiradores que abaten presas e iluminan caminos. Disecar un espantajo mediático y tirotearlo en el salón de tu casa para presentarlo luego como un triunfo intelectual es una gilipollez, además de un ejercicio de mezquindad intelectual. Y sin embargo, si uno mira hacia atrás, parece evidente que desde los supuestos movimientos o entornos anticapitalistas ha sido una práctica demasiado habitual. Yo, sin ir más lejos, he sido asiduo a ella en el pasado; en mi defensa diré que era más joven y estúpido que lo que lo soy ahora.

Creo que no hay elementos comunes que permitan definir al 15M de manera suficientemente coherente. Tampoco este es el lugar para ahondar en ello. Hay, tan solo, rasgos compartidos. Las asambleas cambian entre ciudades o incluso barrios de una manera tal, que tan solo comparten el hecho de ser asambleas. La teoría que nos vale debe hacerse sobre lo real. Cuando se construye a partir de imágenes sueltas, de retales de aquí y allá para que nos cuadren las cosas, estamos malgastando el tiempo. Y da igual si se está hablando de movimientos sociales, de urbanismo o de salud mental. Y eso es lo que me ayuda a reconocer este texto. Y no es poco.

La imagen sobre la que opera Obedecer bajo la forma de la rebelión tiene la misma validez que la que presentó Cristina Cifuentes (esa mujer con perlas y piel estirada que es la actual delegada de gobierno en la ciudad de Madrid) ante los medios cuando contó que ella sabía bien qué y quiénes eran el 15M: se había infiltrado en una asamblea, había “reconocido el terreno” y lo hacía público con una mirada que parecía decir “es que soy la ostia”. Solo mediante un mecanismo de reducción simplista y pensar que todo el mundo es idiota menos uno mismo se puede llegar a emitir juicios críticos con absoluta vocación de solemnidad. Y además permitirte hacerlo sobre algo que no puedes acotar. La necesidad de operar no con experiencias vivas, sino con un puñado de piezas de lego —simples, prefabricadas, conocidas y fáciles de montar— es la condición que posibilita dar interpretaciones cerradas, contundentes y, por qué no, atractivas (debemos reconocer que la posibilidad de comprender la mayor movilización social en décadas a través 62 únicas páginas donde no se alberga ni la más mínima duda tiene cierto tirón… ¡y más si se sabe que incluye un bonus extra con predicciones infalibles sobre lo que ocurrirá en el futuro!).

Lo sentimos, pero los sucesos que siguieron al 15 de mayo son terriblemente heterogéneos. Desde 25.000 personas desafiando una orden gubernamental a los gimoteos amorfos que solo buscan que les devuelvan las ecuaciones tranquilizadoras con las que se vivía hasta hace algunos años (por ejemplo: si he estudiado una carrera universitaria merezco un curro cualificado que me distinga del resto). Desde asambleas en las que señoras que rebasaban los sesenta años exigían que los delegados que fueran a coordinarse con otras asambleas fueran “rotativos y revocables”, a las estrategias patéticas de la izquierda por apuntarse un tanto. Y podríamos seguir, pero lo que merece la pena recalcar es que no hay un sustrato único al que despedazar. Eso no quita que se puedan hacer críticas generales o plantear cuestiones centrales a la hora de hablar de movilización y protesta. El optimismo tecnológico que se menciona en el texto es un punto que hay que tener en cuenta desde el mismo momento en el que asoma el mínimo indicio de descontento social en nuestros días. También hay que ser capaces de situar en el centro de cualquier debate la crisis ecológica (junto con la idea de progreso industrial, la dominación técnica, el ansia de inmediatez, etc.) y el hecho irrefutable de que si realmente queremos cambiar esta situación y hablar de justicia social, va a haber que renunciar a la mayor parte de las comodidades de las que disfrutamos. Obedecer bajo la forma de la rebelión habla de todo ello, pero para afirmar la lucidez propia como única radicalidad legítima y dar a entender que el resto nada en un mar de estupidez. La distancia, tan cómoda por otra parte, desde la que han sido escritas las palabras permite la creación de una atmósfera hipercrítica, tan elitista como escindida. Queda hacerse la pregunta ya mencionada que aborda el para qué se persigue esta separación: el texto se convierte en pose, en un juego que no deja de ser un fraude al estar condenado desde el principio. Su objeto no existe, se lo han inventado, y en él lo importante ya no es de lo que se escribe, sino cómo se escribe o qué efecto se provoca en el que lee. De nuevo el callejón sin salida, eso sí: extremadamente aséptico.

La primera enseñanza que te asesta cualquier lucha social en la que te veas involucrado —y por social me refiero a una lucha con otros, es decir con gentes que posean un bagaje diferente al propio— es que las cosas nunca salen como te las planteas, y que lo que a uno le parece vital, no tiene por qué serlo para los demás. De manera que si realmente crees que hay que generar, potenciar o incluso inventar un frente de lucha, no queda otra que bajarse al barro y bregar con la vida. Actuar como si hubiéramos alcanzado un estado de conciencia superior desde el que mirar a los demás es demasiado parecido a convertirse en gurú ideológico. Un fantoche —todos conocemos unos cuantos, sean individuos o colectivos— que se presenta con respuestas para todo, se siente extremo afilado del pensamiento crítico y cree poder permitirse juzgar realidades que ni conoce ni le interesa conocer. Si se pierde la humildad, si uno no reconoce que para llegar a ciertas ideas hay que hacer derivas por muchos desiertos… entonces estaremos reproduciendo las mismas miserias que definen ese estado de las cosas que supuestamente queremos dinamitar. Las personas tienen ritmos, le joda a quien le joda, y si a alguien le interesa ver cómo la realidad se resiste a las maniobras de los taxidermistas de la teoría, sería interesante evaluar cómo va mutando la concepción de la policía que se tiene en todos estos movimientos sociales tan recientes, pues si bien es verdad que sigue imperando un pacifismo que puede rayar en el absurdo, los discursos van poco a poco cambiando. Y para bien.

Ni el 15M alberga en sí mismo y de forma necesaria un paradigma revolucionario —tal como se pudo llegar a oír en los primeros días de movilizaciones—, ni tiene la importancia que se le da en el opúsculo —donde se llega a afirmar que implicará prácticamente el fin de las “opciones” de la crítica radical—. Y si bien es cierto que sus orígenes fueron un tanto confusos, lo único que nos debería importar es dónde estamos y cómo socializamos tanto nuestros conocimientos, como nuestros sueños —la misma tarea que teníamos antes, por cierto—. No tenemos nada que llorar con la llegada del 15M, no hay ninguna lucha que se haya perdido por ello. Solo quedan todas las que llevamos perdiendo nosotros desde siempre, y también las que nos ganaron. No ha habido “pacificación social” alguna tras el auge y decadencia de la indignación, tal como Cul de Sac afirma en su libro. Simplemente hay más espacios, más asambleas, más colectivos… (y partiduchos políticos de medio pelaje, peticiones de reformas legislativas, convocatorias sin pies ni cabeza… para qué negarlo). No es la ostia, pero es lo que tenemos. Habrá quienes se incomoden, quienes pierdan su pequeña porción de poder en diminutos espacios políticos y se sientan heridos. Incluso hubo quienes sintieron que un puñado de no iniciados robaba la sacrosanta “asamblea” de sus locales sindicales. No pasa nada, no hay que hacerle nunca ascos al viento fresco; aun cuando haya quien se resfríe. Quienes apostamos por ideas de emancipación, de libertad, tenemos que criticarnos a nosotros mismos y a nuestras miserias antes que permitirnos el lujo de ir por ahí dando lecciones que nadie nos ha pedido. Resignación y complacencia en los propios discursos, en la propia estética, en el mismo aire envenenado que respiramos todos los días es de nuevo un oscuro callejón sin salida. Volviendo al texto, no tenemos que prepararnos para ser tratados como “desertores y saboteadores” puesto que siempre hemos sido tratados así. Buscando uno se equivoca, pero sin duda es infinitamente mejor que jugar a solas a tener siempre la razón —algo demasiado aburrido para ser deseable: aquí y en cualquier lugar donde la vida quiera latir—.

Nando
Madrid 12 de enero del año 28 de la era Orwell.

Charla-Presentación. Miguel Amorós, “Salida de Emergencia”.

Con la entrada del nuevo año, comenzamos las actividades de la Biblioteca con la charla-presentación del último trabajo de Miguel Amorós, “Salida de Emergencia”.
charlamorós
Salida de emergencia reúne las últimas aportaciones de Miguel Amorós a los debates en curso sobre la Cuestión Social. En sus páginas, el lector encontrará los nuevos argumentos que Amorós suma a la crítica del urbanismo o a la crítica del desarrollismo, así como sus aportaciones contra las falsas contestaciones. Y con todo ello ayuda a clarificar algunos aspectos de la tergiversada historia social. Como broche final, este libro contiene un interesante epílogo en el que Fernando Alcatraz hace balance de la ineludible aportación crítica de Amorós en los últimos años.

No son éstas discusiones de las que se hagan eco los medios de comunicación, sino aportaciones serias a los debates que, como verdades clandestinas, van abriéndose paso en el seno de la creciente oposición a la dictadura de la economía. Disidencias que una vez más nos confirman que ni partidos ni sindicatos ni asambleas convivencialistas nos salvarán.

[…] Las esperanzas de los sectores aferrados a la conservación del capitalismo de Estado en un decrecimiento paulatino, pacífico y voluntario serán prontamente desmentidas por la brutalidad de las medidas de adaptación a escenarios de escasez y penuria y la dinámica social violenta que van a originar. Históricamente, las clases medias en descomposición han exigido siempre gobiernos autoritarios. Pero si bien el colapso catastrófico no va a producirse en fecha fija, inminente, tampoco va a ser inevitable la entronización de un régimen ecofascista con o sin ayuda de las masas desclasadas; sin embargo, la probabilidad más o menos cercana de ambos fenómenos puede servir para llevar la acción por derroteros consecuentes, lográndose así en las sucesivas confrontaciones una salida favorable al bando de los partidarios de un cambio social radical y libertario. Nada está decidido, por lo que todo es posible, incluso las utopías y los sueños.

En los años setenta, Miguel Amorós contribuyó a la formación de varios grupos anarquistas efímeros; durante la Transición mantuvo posiciones asambleístas en pro de la autonomía obrera, y posteriormente formó parte del equipo redactor de la revista Encyclopédie des Nuisances (1984-1992). Ha traducido varios libros —La nuclearización del mundo de Jaime Semprun, por ejemplo, para Pepitas de calabaza—, ha escrito incontables folletos y artículos en la prensa libertaria y ha impartido infinidad de conferencias en las que ha analizado los diferentes frentes de la Cuestión Social, algunas de las cuales están recogidas en libros como Las armas de la crítica, Registro de catástrofes, Desde abajo y desde afuera, A carne viva, Perspectivas antidesarrollistas o Golpes y contragolpes. Recientemente ha publicado los libros sobre la guerra civil española La revolución traicionada y Maroto, el héroe.